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Fallece Luiz Carlos Barreto, el visionario productor que impulsó el desarrollo del cine brasileño

En los últimos días del calendario cinematográfico latinoamericano se registró la partida de una figura colosal: el productor Luiz Carlos Barreto. Su magnitud se mide tanto por la vasta cantidad de obras destacadas que respaldó a lo largo de seis décadas, como por la incansable defensa que sostuvo para transformar el séptimo arte en una actividad económicamente viable. Además, su presencia se distinguía por una dignidad serena y conversaciones impregnadas de sabiduría.

Originario de una pequeña comunidad en el estado de Ceará, una región del noreste brasileño caracterizada por su aridez y limitados recursos, pero con un sistema educativo público de calidad, emigró a Río de Janeiro. Allí se integró a la categoría sub‑17 del Flamengo, incursionó en la prensa gráfica trabajando para la revista de actualidad “O Cruzeiro”, y posteriormente desempeñó el cargo de corresponsal de dicha publicación en Francia. De regreso, contrajo matrimonio, engendró tres hijos y, casi por casualidad, colaboró en la elaboración del guion de un thriller basado en hechos reales titulado “Asalto al tren pagador” (Roberto Farías, 1962), que obtuvo una notable acogida. Sus colegas le persuadieron para que asumiera la dirección de fotografía de “Vidas secas”, adaptación de la novela homónima de Graciliano Ramos, centrada en la vida de los campesinos del noreste. Impulsado por su profundo vínculo con esa tierra, no solo realizó la fotografía de manera realista, sino que también participó en la producción, convirtiéndose en una pieza fundamental del movimiento conocido como Cinema Novo Brasileiro. Así se dio inicio a su trayectoria.

Oscilando entre la responsabilidad social, la experimentación estética, el ingenio carioca y la cautela ante la autoridad estatal, Barreto estableció una compañía familiar que dio vida a dramas como “Tierra en trance”, de Glauber Rocha, y a la sátira policial “Perpétuo contra el escuadrón de la muerte”. También produjo comedias incisivas tales como “Toda doncella tiene un padre que es una fiera”, “La dama del autobús” y “El beso en el asfalto”, basadas en obras de su amigo Nelson Rodrigues. Entre sus proyectos más reflexivos sobre la evolución nacional destacan “Bye‑bye Brasil” e “Iglesia de los oprimidos”. Además, incursionó en una comedia ambientada en la época colonial, “Cómo era gostoso o meu francês”, en la que todos los personajes aparecen desnudos, salvo el europeo protagonista, en plena dictadura militar de 1971. A diferencia de la represión en Argentina, los militares brasileños mostraron menos interés por cuestiones de vestuario.

El realizador principal de varios de estos trabajos fue Nelson Pereira dos Santos, una figura emblemática a quien Barreto también apoyó en la producción de “Vidas secas”, “Azyllo muito loco” y “Memorias de la cárcel”. Esta última, basada en la autobiografía de Graciliano Ramos, enfrentó severas restricciones de censura. En 1984, con el régimen militar acercándose a su fin, Barreto se vio confrontado con el nuevo gobierno neoliberal de Collor de Melo, cuyo mandato redujo casi a la inexistencia la producción cinematográfica nacional en apenas dos años. A diferencia de la experiencia argentina bajo Menem, donde la Ley de Cine de 1994 revitalizó la industria, Brasil halló su solución en 1995 mediante una normativa que permitió a empresas y particulares destinar parte del impuesto a la renta a proyectos culturales. La primera obra financiada bajo este esquema resultó ser una comedia de enredos titulada “O quatrilho”, dirigida por el hijo menor de la familia Barreto, con la fotografía a cargo del argentino Félix Monti, y que alcanzó una nominación al Oscar.

En cuanto a la segunda generación, Bruno, el primogénito, produjo “Doña Flor y sus dos maridos”, protagonizada por Sonia Braga, así como “Gabriela, clavo y canela”, “Cuatro días en setiembre”, las entrañables “Bossa Nova” y “El casamiento de Romeo y Julieta”. Por su parte, Fábio dirigió “O quatrilho”, “Lambada”, “Lula, hijo de Brasil”, la adaptación local de “Amas de casa desesperadas”, entre otros, hasta que un grave accidente vial lo dejó en coma irreversible durante una década. Paula, la hija menor, asumió el rol de mano derecha de la empresa familiar, ofreciendo además apoyo emocional a sus progenitores.

El patriarca Barreto mantuvo su compromiso hasta el final. Lo conocimos en Mar del Plata en 1998, cuando integró el jurado internacional presidido por el iraní Abbas Kiarostami, entonces en la cúspide de su fama. Posteriormente mantuvimos conversaciones en Punta del Este, la última en 2017, cuando presentó “João el maestro”, biografía del pianista João Carlos Martins, quien, pese a sus dolencias articulares, impulsó la enseñanza de la música clásica entre los niños de las favelas. En esa ocasión, Barreto se mostraba entusiasmado con un proyecto televisivo dedicado a célebres futbolistas afrodescendientes, completando así una trilogía que había iniciado con “Garrincha, alegría del pueblo” y “Esto es Pelé”, bajo el epígrafe “5 x Brasil”, que recorre los triunfos de las cinco Copas del Mundo. Esa iniciativa marcó su último gran logro. El lunes, problemas respiratorios lo obligaron a ser ingresado; al día siguiente, fue trasladado al cementerio. Su esposa Lucy y su hija Paula continúan trabajando en la empresa familiar.

Fuente: Ambito.com

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