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La rotación de entrenadores en el fútbol argentino: causas del constante cambio y los técnicos que aún perduran

El fútbol argentino ha recaído nuevamente en una práctica arraigada: los proyectos se acortan progresivamente y los directores técnicos son los primeros en sufrir las consecuencias de los resultados desfavorables. En tan solo ocho meses, veinticinco entrenadores abandonaron sus cargos entre el Apertura y el Clausura 2026. Diecinueve de los treinta clubes de Primera División modificaron su cuerpo técnico original. Solo once lograron mantener al mismo director técnico en ambas fases.

Los datos resultan inequívocos y reavivan una interrogante que se repite una y otra vez: ¿por qué en el fútbol argentino resulta tan difícil conceder tiempo a un director técnico?

El indicador más llamativo emerge al analizar la temporada completa. Desde el arranque del Apertura hasta el 1 de septiembre, veinticinco entrenadores dejaron sus cargos: diecisiete durante el primer torneo y ocho más desde el inicio del Clausura.

En la segunda competición del año, la rapidez de los cambios resulta aún más sorprendente. Walter Zúñino en Platense, Gustavo Quinteros en Independiente, Eduardo Coudet en River, Israel Damonte en Aldosivi, Jorge Sampaoli en Talleres y Néstor Gorosito en San Lorenzo, junto a Gustavo Álvarez y Lucas Pusineri, que abandonaron sus clubes antes o al comienzo del certamen, completaron una nueva ola de sustituciones.

El episodio de San Lorenzo ilustra gran parte del fenómeno. El club inició la temporada con Damián Ayude, pasó luego por Gustavo Álvarez y, finalmente, optó por el regreso de Gorosito. Con la marcha de Pipo el 1 de septiembre, el Ciclón acumuló tres técnicos en una sola campaña. Estudiantes de Río Cuarto también alcanzó esa cifra, aunque en su caso parte del movimiento estuvo vinculado a interinatos y reestructuraciones internas.

Respuesta rápida, medida inmediata

Una de las causas principales reside en la lógica de resultados que impera en los clubes. Un director técnico no se evalúa únicamente por el desarrollo de un proyecto, sino por lo que ocurre partido a partido. Una derrota inesperada, una eliminación o una serie de resultados negativos pueden, en cuestión de semanas, desvanecer el respaldo que un proyecto había acumulado.

Cambiar al entrenador rara vez implica solo sustituir un nombre. Significa alterar la concepción táctica, modificar las rutinas de entrenamiento, reorganizar el vestuario y recomenzar con un cuerpo técnico que necesita tiempo para conocer al plantel.

Sin embargo, ese margen temporal es precisamente lo que cada vez menos dirigentes parecen dispuestos a conceder.

Un ejemplo paradigmático es el caso de River. Marcelo Gallardo abandonó el cargo durante el Apertura y fue sustituido por Eduardo Coudet. Menos de seis meses después, Coudet también dejó el puesto. El conjunto de Núñez llegó a registrar tres técnicos en el mismo año, obligándose nuevamente a buscar una solución alternativa.

Incluso en River quedó patente que los ciclos más emblemáticos pueden concluir con la salida de Gallardo. En su segundo ciclo, el “Muñeco” no logró reproducir el nivel esperado, demostrando que ni los máximos ídolos están exentos del desgaste cuando el equipo no encuentra dirección en el estadio.

El resultado como única referencia

Otro factor que explica la tendencia es la enorme presión que recae sobre los entrenadores. En Argentina, el director técnico suele ser considerado el principal responsable de todo. Si el equipo no triunfa, la mirada se dirige al banquillo. Si los fichajes no rinden, el entrenador es señalado. Si un juvenil no aparece, también recae sobre él. Cuando la dirigencia necesita demostrar que actúa, despedir o aceptar la renuncia del DT se vuelve la opción más visible.

De ahí la proliferación de decisiones impulsivas: renuncias, despidos, acuerdos para terminar contratos y técnicos interinos.

La temporada 2026 evidencia, además, que el fenómeno no se limita a los clubes de gran tradición. River, Boca, Racing, Independiente y San Lorenzo aparecen en la lista, pero también lo hacen Instituto, Aldosivi, Talleres, Platense, Gimnasia, Defensa y Justicia, Atlético Tucumán, Riestra y otros equipos con estructuras y presupuestos muy diferentes.

El drama de los no convocados por lesión de categoría y los ascensos efímeros

Para los conjuntos que luchan por la permanencia, el margen de error es nulo. Hugo Colace (Atlético Tucumán) y Guillermo Farré e Israel Damonte (Aldosivi) abandonaron sus cargos cuando el fantasma del no convocado por lesión de categoría volvió a acechar. Por otro lado, técnicos que lograron ascensos históricos como Iván Delfino y Gerardo Acuña (Estudiantes de Río Cuarto) y Ariel Broggi (Gimnasia de Mendoza) descubrieron lo cruel que puede resultar la Primera División cuando los resultados no acompañan al proceso.

La dirigencia también influye en el encuentro

El otro elemento central es la presión de la dirigencia. Cada comisión directiva necesita resultados para justificar sus decisiones, sostener el apoyo de los socios y evitar que una crisis deportiva se convierta en una crisis institucional. En ese contexto, el director técnico termina funcionando como una especie de fusible.

Reemplazar al DT genera la sensación de que se está actuando. Es una respuesta veloz ante un problema que frecuentemente es mucho más profundo: armado del plantel, lesiones, ventas de futbolistas, decisiones equivocadas en el mercado de fichajes, dificultades económicas o conflictos internos. El inconveniente surge cuando la sustitución se vuelve un hábito.

Los números de 2026 lo reflejan: diecinueve de los treinta equipos de Primera modificaron su cuerpo técnico original, es decir, casi dos de cada tres clubes. Sólo el 37 % logró mantener al mismo director técnico en ambos torneos.

Los que apostaron por la continuidad

En medio de esta rotación de banquillos, apenas once clubes conservaron a su director técnico entre el Apertura y el Clausura:

Argentinos Juniors, Banfield, Belgrano, Huracán, Independiente Rivadavia, Lanús, Rosario Central, Sarmiento, Tigre, Unión y Vélez.

La particularidad de este grupo es relevante: mientras diecinueve instituciones optaron por modificar el rumbo en algún momento de la temporada, estas once mantuvieron el mismo proceso y evitaron entrar en la lógica de sustitución permanente.

Vélez, por ejemplo, sostuvo a Guillermo Barros Schelotto al frente del conjunto y continuó con la idea de trabajo que la institución venía desarrollando.

En total fueron veinticinco los técnicos que se quedaron sin empleo entre el Apertura, el receso y el Clausura de este año. Sólo once equipos mantuvieron a sus entrenadores.

Un fútbol que no espera

Los veinticinco cambios de entrenadores no son meramente una estadística. Constituyen la consecuencia de un modelo de competencia y gestión en el que la paciencia se ha convertido en un recurso escaso.

El fútbol argentino cuenta con calendarios cargados, torneos cortos, playoffs, copas nacionales e internacionales, y una lucha permanente por acceder a competencias continentales o evitar los problemas de la tabla anual y los promedios. En ese entorno, un inicio desfavorable puede generar una presión difícil de sostener.

El resultado es una paradoja: se proclama la necesidad de construir proyectos, apostar por juveniles y desarrollar una identidad futbolística, pero al mismo tiempo se exige a los entrenadores resultados inmediatos. Cuando esos resultados no aparecen, se vuelve a reiniciar el proceso.

Veinticinco técnicos fuera en una temporada. Diecinueve de treinta clubes cambiaron su director técnico. El dato más llamativo, quizás, no sea cuántos técnicos se fueron, sino cuántos lograron quedarse. En el fútbol argentino de 2026, sostener un proceso se convirtió casi en una excepción.

Torneo Apertura 2026 y receso

El periodo comprendió salidas desde enero hasta junio de 2026 en distintos clubes de la categoría:

Torneo Clausura 2026 (hasta el 1 de septiembre)

La continuidad de las modificaciones en los cuerpos técnicos prosiguió de la siguiente manera:

Fuente: Ambito.com

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