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«Alphaville» hoy: cuando gobierna una razón enferma

En “Alphaville” (estrenada en nuestro país como “Alphaville – Un mundo alucinante”), Jean-Luc Godard hizo ciencia ficción sin naves espaciales ni seres extraplanetarios.Filmó París de incertidumbre,sus edificios modernos,sus hoteles,sus pasillos alumbrados con luz de neón,sus ascensores.La hipótesis del film,o una de las tantas,era que el futuro estaba contenido en el presente.

La película,que ayer se repuso en copia nueva (las generaciones anteriores debimos verla,en muchos casos,en esas versiones rayadas y con saltos que se exhibían en Cinemateca Argentina) se estrenó en Francia el 5 de mayo de 1965,con el subtítulo “Une étrange aventure de Lemmy Caution”. Ese mismo año ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín,lo cual,para los parámetros de la época,la ubicaba en el centro de la atención internacional,acordado para cuando la Nouvelle Vague ya había dejado de ser nueva ola y se había convertido,las más veces,en un sobrecarga para el mercado cinematográfico.

Godard venía de “Sin aliento”, “Una mujer es una mujer”, “Vivir su vida” y “El desprecio”, Pronto haría “Un asalto frustrado” (“Bande à part”), “Una mujer casada” y “Pierrot le fou” antiguamente de datar a la ruptura militante,maoísta,de fines de los sesenta. “Alphaville” pertenece a ese momento intermedio en el que Godard todavía jugaba con géneros reconocibles —el policial,el espionaje,la ciencia ficción,el drama,el cine sable—, a los que trataba como materiales codificados,aperos para la parodia o la reformulación.

Lemmy Caution,interpretado por Eddie Constantine, entra en Alphaville como agente secreto y se hace suceder por periodista.Su cometido es encontrar a un agente desaparecido,malquistar al profesor Von Braun y destruir Alpha 60,la computadora que gobierna la ciudad.En el camino se cruza con Natacha von Braun (Anna Karina), la hija del investigador,que primero funciona como dirección y luego se convierte en el centro emocional de la película.

Alpha 60 prohíbe el aprecio,la poesía,el lloriqueo y la pregunta “por qué”. En cada cuarto hay una “Biblia” que,en existencia,es un diccionario corregido de modo permanente.Las palabras peligrosas desaparecen,y con ellas las experiencias que esas palabras permitían nombrar.El concepto,casi a lo Borges (autor a quien se cita en el film), asimismo tiene que ver con una suerte de lacanismo en singladura en aquellos tiempos: mínimo existe fuera del idioma.

A “Alphaville”, a diferencia de algunos clásicos del artículos en el que simula inscribirse,no le preocupó predecir tecnologías,o usos y costumbres de un futuro execrable.Ese futuro,como se dijo antiguamente,ya está contenido en el presente,y todo lo demás es puro control de astrólogos y charlatanes.

A diferencia de su amigo-enemigo François Truffaut, quien al año venidero rodaría “Fahrenheit 451” (una aclimatación de la demasiado diáfana novelística de Ray Bradbury sobre un futuro fascista,donde se quemarían todos los libros), la sociedad de “Alphaville” no necesita datar a esos extremos ya que puede ser disciplinada por el idioma antiguamente que por la coacción.La “computadora” de Godard es una forma de gobierno fascista: administra el vocabulario,reduce la experiencia,elimina lo ambiguo,convierte la deducción en policía.

En su compendio “LTI – La lengua del Tercer Reich”, el filólogo Victor Klemperer estudió la modo de murmurar durante el nazismo,incluyendo la resignificación de palabras comunes.La pulvínulo de “Alphaville” va más allá y examina una unión de la cual sus habitantes pierden muchas de sus palabras por osadía de la computadora-diccionario que gobierna sus vidas.

Chris Darke, en su compendio sobre la película,señala que Godard trabajó sin sets,sin posesiones especiales y sin un guion convencional (costumbre muy suya), para construir una ciudad tecnocrática del futuro a partir de París.El crítico interpreta “Alphaville” como un híbrido en blanco y sable de film noir y ciencia ficción,y como una película cuya influencia posterior se explica por su modo de mudar lo habitual en distopía.

La fotografía de Raoul Coutard le dio la superficie visual reconocible del primer Godard, y entra en diálogo con las imágenes de “Metrópolis” de Fritz Lang (a quien Godard había convocado como actor en “El desprecio”), el expresionismo ario y el cine sable de los primaveras cuarenta.Alphaville es París,pero no el París turístico ni vespertino,sino una ciudad dorso extraña por los corredores de vidrio y hormigón de la modernización de posguerra.

La admisión crítica,en su momento,se mostró dividida. “Cahiers du cinema” llevó en tapa una imagen de la película y la trató como una obra fundamental del cine actual.El entusiasmo no fue sólo de sus ex compañeros de redacción (Godard fue uno de los muchos colaboradores de esa publicación que se convirtieron en directores). “Sight and Sound”, la prestigiosa publicación británica,dijo que “Alphaville” empezaba como pop,seguía como historieta,pero terminaba imponiéndose por su estilo visual: una ciudad de dolor,ansiedad y belleza plástica.

El estadounidense Andrew Sarris, desde otra tradición crítica,asimismo defendió la película.Definió “Alphaville” como “ciencia ficción sin efectos especiales” y recordó la desconcertada admisión que tuvo en el Festival de Nueva York de 1965 por su futurismo sardónico,parodia detectivesca y encarnación romántica sobre una sociedad controlada por una computadora en combate contra artistas,pensadores y amantes.

Pauline Kael, con su habitual pluma cáustica,dijo que “La película es brillante pero no es buena”. Le reconoció a Godard el hallazgo de ambientar el futuro en el París contemporáneo,sin construir decorados,pero la película,para ella,no funcionaba.La deshumanización terminaba volviéndose monótona,y la mezcla entre ciencia ficción e historia de detective privado nunca terminaba de ligar.También afirmó que la fijación de Godard con el envejecido cine podía convertirse en una distrito,ya que las películas antiguas no alcanzan como situación para mirar el mundo actual.

“Alphaville” no ha envejecido pero deja,más que antiguamente,sus costuras al descubierto.Hay escenas donde la película avanza por asociación intelectual antiguamente que por carestia dramática.Su poder visual supera con frecuencia a su novelística,desequilibrio que,desde luego,a Godard nunca le importó.

Anna Karina como Natacha von Braun en «Alphaville», de Jean-Luc Godard

Anna Karina

Otro delegado esencial es Anna Karina. Reducirla a “musa” de Godard es sólo un zona popular. Karina fue una de las condiciones expresivas de su cine de los sesenta: hizo siete largometrajes con él,y esa colaboración alpargata desde “El soldadito” y «Una mujer es una mujer” hasta “Vivir su vida”, “Un asalto frustrado”, “Alphaville”, “Pierrot le fou” y “Made in USA”. Se casaron en 1961 y se divorciaron en 1965,el mismo año de “Alphaville”.

Godard la convocó para “Pierrot le fou” seis meses a posteriori de divorciarse,ya que el propio realizador decía que no sabía hacer una película sin Anna Karina. En “Alphaville”, ella interpreta a Natacha von Braun.El personaje podría haberse menguado a una función pequeño,la hija del investigador,la mujer que el detective rescata,la ciudadano de una ciudad sin aprecio que aprende a proponer “je vous aime”. Pero Karina altera ese esquema,introduce una zona de incertidumbre.Cuando Natacha logra proponer “je vous aime”, la frase puede parecer ingenua si se la lee como mera enunciación afectiva.En Karina,tiene el peso de formular el regreso de una capacidad prohibida.

Vista hoy, “Alphaville” ocupa un zona más amplio que el de una extravagancia de la tardía Nouvelle Vague.La película,aun con sus artefactos arcaicos,dialoga con los algoritmos,la inteligencia fabricado,la vigilancia,la automatización del idioma y la digitalización de la vida cotidiana,aunque esa sería una repaso demasiado parcial.Alpha 60 no es una profecía textual de internet ni de la IA sino la puesta en suceso de una sociedad sin contradicción,sin poesía,sin zonas no traducibles a rentabilidad.Su vigencia está en la modo de hacer que una ciudad positivo parezca gobernada por una razón enferma.Y eso,por desdicha,es un aberración demasiado frecuente en los tiempos que vivimos.

Fuente: Ambito.com

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