martes, 28 de mayo de 2024

«Nunca es tarde para amar», aquel viejo cine italiano

 

El tono de comedia costumbrista, cierta picaresca y sobre todo el enfrentamiento con los poderes de la Iglesia y el Estado liberal tiñen a una película amable, pero clavada en el tiempo.

Nunca es tarde para amar – 6 puntos 

Astolfo, Italia/Francia, 2022 

Dirección: Gianni Di Gregorio 

Guion: Marco Pettenello y Gianni Di Gregorio 

Duración: 97 minutos 

Intérpretes: Gianni Di Gregorio, Stefania Sandrelli, Alfonso Santagata, Gigio Morra, Andrea Cosentino, Agnese Nano, Mariagrazia Pompei. 

Estreno: Disponible en salas.

Con la persistencia del mar, cuyas olas terminan en la playa de forma invariable, el cine italiano aún tiene una de sus marcas registradas en esas comedias costumbristas que combinan lo romántico con la sátira picaresca, donde los estereotipos suelen ser más importantes que la originalidad y la identidad colectiva se impone sobre la individual. Como las olas, esas comedias también siguen llegando con regularidad hasta el Río de la Plata, donde parece haber un público dispuesto a disfrutar de su simpleza. De eso se trata Nunca es tarde para amar, protagonizada por Gianni Di Gregorio, que además es responsable de la dirección, coautor del guion y quien ocupó los mismos roles en la recordada Un feriado particular (2008), con la que comparte muchos códigos. 

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Astolfo es un profesor jubilado que, obligado a abandonar el departamento en el que vive en Roma desde hace 20 años, no tiene más alternativa que regresar a su “paese”, en las entrañas de Italia. Ahí Astolfo es el último descendiente de la familia fundadora del pueblo y dueño de un ruinoso palacete renacentista. Un caserón que parece desocupado hace siglos, en donde se ha instalado uno de los vecinos del pueblo que perdió su casa en un divorcio. Lejos de incomodarse, el profesor comparte su amplia estancia, que pronto comienza a ser frecuentada por otros descastados, dándole forma a una comunidad donde prima lo popular y un espíritu naturalmente colectivista. 

Pero la felicidad de ese pequeño clan choca de forma inevitable con las autoridades del lugar, que ven con recelo el regreso de Astolfo. Y con razón: la parroquia lindera ha ocupado de manera ilegal parte de la propiedad, mientras que el alcalde construyó su mansión en lo que eran los bosques circundantes, que también pertenecían a la familia del protagonista. Con sencillez y apelando a una ternura tan recargada como anacrónica, Nunca es tarde para amar recupera un espíritu setentista, cuando los movimientos de izquierda italianos alzaban el puño contra sus grandes enemigos, la Iglesia y el Estado liberal. Por supuesto, también se trata de un espíritu decadente, como la mansión de Astolfo, ya desarticulado por la dinámica política de los 90, que si por acá remite al menemismo, en Italia evoca a la figura de Silvio Berlusconi. 

La película incluye una subtrama romántica de la que participa la inolvidable Stefania Sandrelli, cuya figura es otra contraseña que lleva de regreso a aquellas épocas del cine italiano, de Monicelli, Bertolucci o Scola a Tinto Brass. En esos detalles reside el encanto de Nunca es tarde para amar. Una plataforma que quizás permita obviar que se trata de un cine anticuado, en el que la nostalgia pesa más que lo cinematográfico, pero donde todavía queda un lugarcito para que se cuele el fantasma de alguna utopía.

Fuente: Pagina12

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