jueves, 13 de junio de 2024

«Ciudad oculta», un juego fantasioso a ritmo de murga

 

Construida como una ficción anti naturalista con fuertes elementos oníricos, la historia que plantea el film está a años luz del “realismo villero”.

CIUDAD OCULTA 7 puntos

(Argentina, 2024)

Dirección: Francisco Bouzas.

Guion: Francisco Bouzas y Luciano Salerno.

Duración: 96 minutos.

Intérpretes: César Languidey, Ezequiel Martino Dosantos, Belén Ramírez, Nelson Pereira, Liz Lovera.

Estreno exclusivamente en Cine Gaumont y espacios INCAA.

“Voy a contarles señores en esta canción una historia de amor / La de un muchacho de barrio que conoció algo que no imaginó / Es un amor que se lleva en el corazón / La receta contra el bajón / Bombo y platillo hasta el final”. Los versos que se escuchan durante la secuencia de títulos de Ciudad oculta, el nuevo largometraje del realizador Francisco Bouzas (Eldorado, La cuarta dimensión) demarca uno de los ambientes en el cual se mueven los personajes: el de las murgas porteñas. Pero la murga en cuestión, “Los locos no se ocultan”, no es cualquier murga y su conformación delimita también un espacio geográfico, el del barrio Ciudad oculta, en Villa Lugano. El propio Bouzas explica en la carta de intenciones compartida con la prensa que hace más de diez años que frecuenta ese barrio por diversas razones, aclarando que lo que comenzó como un proyecto para documentar la formación de una agrupación joven derivó en amistad. “Las experiencias vividas en el barrio y en esa murga fueron las que me llevaron a realizar esta película, el resultado de un proceso colectivo desarrollado por más de una década”.

Construida como una ficción anti naturalista con fuertes elementos oníricos, la historia de Ciudad oculta está a años luz del “realismo villero” de tantas películas y series producidas en el país durante los últimos cinco lustros. Son los propios integrantes de la agrupación, transformados en actores no profesionales, quienes les dan vida a los personajes. La excusa argumental parte de la muerte de Iki, un joven futbolista de la Primera D cuya relación de amistad con otro muchacho, Jonás (lo más parecido a un protagonista en un relato definidamente coral), parece haber sufrido algunos traspiés luego de su alejamiento de la murga. Jonás anda bajoneado y, para colmo de males, el jefe de policía de la zona –criatura construida a partir de un estereotipo dramático fácilmente reconocible– lo anda persiguiendo y enjaulando sin razón aparente. Allí aparecen los amigos y amigas del barrio, miembros de la comparsa, para apoyarlo, pero también el espectro de Iki y los de otros jóvenes muertos en el barrio.

Pisando los bordes del terreno de lo fantástico, Ciudad oculta se propone como un film libre de ataduras genéricas, aunque en más de una ocasión pueden sentirse las influencias del portugués Pedro Costa (ciertos encuadres y la iluminación con fuertes contrastes de luz y sombra) y del brasileño Adirley Queiros, cuyas distopías futuristas también transcurren en barriadas marginales del país vecino. Bouzas propone un juego fantasioso que cruza realidad y ficción, optando por la nocturnidad como ámbito ideal para los movimientos de los personajes. Cuando un “portal” dentro de la comisaría parece habilitar la posibilidad de ingresar en otro mundo –mezcla de religiosidad cristiana con fantasía sci-fi– el grupo de chicos pergeña un plan arriesgado para hacerse con las llaves del lugar, siempre custodiado por ese policía que parece salido de una pesadilla kitsch.

En ciertos momentos el montaje alterna la trama ficcional con breves secuencias documentales del mismo grupo de jóvenes durante ensayos y conversaciones, que parecen haber sido registradas algunos años antes, superponiendo así otra capa narrativa al conjunto. Lejos de cualquier intención de perfección creativa, Ciudad oculta muestra orgullosa sus bordes con rebarba, y es esa cualidad irregular, anómala, la que le permite escapar del miserabilismo o el pintoresquismo, esa explotación de la pobreza que muchos films con temáticas ligadas a la marginalidad y la violencia urbanas exhiben consciente o inconscientemente. Sólo sobre el final aparece finalmente la murga en plena “matanza”, instancia de liberación que no hace más que reflejar la razón misma del ser murguero, con su tristeza oculta detrás de las máscaras y trajes coloridos.

Fuente: Pagina12

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