domingo, 21 de abril de 2024

Adrián Grünberg: «Hubo dos demonios: Jorge Rafael Videla y Emilio Massera»

 

Adrián Grünberg lleva casi quince años como juez en el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de la Ciudad de Buenos Aires. Estuvo varias veces frente a frente con el horror en las salas de audiencias de Comodoro Py. Juzgó los crímenes de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) en el centro clandestino conocido como Automotores Orletti y condenó también a los responsables del Plan Cóndor, la coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur. Fue también uno de los jueces que dictó sentencia contra Jorge Acosta y Alberto González por las violaciones a las mujeres secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Con ese bagaje, Grünberg se zambulló a escribir su Manual sobre el terrorismo de Estado en Argentina, que acaba de ser publicado por la editorial Octubre a días de que se cumplieran los 48 años del último golpe de Estado.

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Adrián Grünberg lleva casi quince años como juez en el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de la Ciudad de Buenos Aires. Estuvo varias veces frente a frente con el horror en las salas de audiencias de Comodoro Py. Juzgó los crímenes de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) en el centro clandestino conocido como Automotores Orletti y condenó también a los responsables del Plan Cóndor, la coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur. Fue también uno de los jueces que dictó sentencia contra Jorge Acosta y Alberto González por las violaciones a las mujeres secuestradas en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Con ese bagaje, Grünberg se zambulló a escribir su Manual sobre el terrorismo de Estado en Argentina, que acaba de ser publicado por la editorial Octubre a días de que se cumplieran los 48 años del último golpe de Estado.

“Empecé a escribirlo en 2022”, cuenta Grünberg a Página/12 en su despacho del sexto piso de los tribunales de Retiro, cuando ya son pocas las almas que aún transitan por esa mole de cemento.

–¿Qué veía entonces?

–La poca cantidad de público en la sala de audiencias, salvo en algún momento que venían los colegios. Empecé a escribir para que se conozca más sobre la dictadura y aprovechando mi experiencia en los juicios. Durante todo 2023 fue el trabajo grueso y fue en paralelo a este crecimiento del negacionismo. Negacionistas siempre existieron, pero hubo una nueva ola que coincidió con los 40 años de la democracia.

–¿A qué atribuye esta ola negacionista?

— Siempre existieron estos discursos. La expresión negacionismo es bastante amplia. No solo tiene que ver con la impugnación del número de desaparecidos sino también con los que niegan que hayan existido crímenes de lesa humanidad y que afirman que fue una guerra o que hubo excesos. Son variados los personajes que se refieren a esto. También lo escuchamos en los juicios: en las declaraciones indagatorias, éstas son las excusas que han venido utilizando los enjuiciados.

–¿O sea lo que surgía en los estrados ahora se vuelve un discurso oficial o más hegemónico?

— Más desembozado. Antes era más marginal.

–¿Por qué se decide por el formato de un manual para explicar el terrorismo de Estado?

— Yo quería que eso estuviera específicamente en el título. Como digo en la introducción, no es una obra jurídica ni técnica ni dirigida a académicos. Está orientada a un público general que no tuviera conocimiento previo de estas cuestiones, no solo jóvenes. Hoy es difícil sacar a un joven de las redes sociales o del celular, entonces la palabra “manual” quizá sea más atractiva. Es un buen panorama que creo que cubre todos los temas de los que se podría hablar de lo que fue la dictadura cívico-militar.

–Es interesante que quien lo escribe es un juez y, por ende, es la palabra de quien asiste a los juicios sin ser parte.

— Este año cumplo quince años como juez. Mi intención es transmitir de alguna manera lo que estuve escuchando en los juicios en los que tuve participación, el horror en persona. Sin ser jurídica, la obra incluye fragmentos de sentencias o de libros escritos por víctimas. Mi trabajo como juez me ayudó a tener en claro qué era lo que quería transmitir y dar a conocer.

–¿Busca aportar a la transmisión intergeneracional?

–Yo hice un ejercicio de trasladarme al momento en el que yo tenía 20 años y de que me hablaran de algo que había pasado 40 años antes. Para la gran mayoría que no tiene contacto vivencial es algo que quedó en los libros de historia. En el epílogo, yo planteo que imaginemos hoy un gobierno dictatorial y que van a venir por 30.000 personas, ¿diremos «algo habrán hecho»?

–¿Y cuál es su respuesta a esa pregunta?

— Quiero pensar que saldríamos a la calle. Se salió a la calle cuando se intentó aplicar el 2×1 a los crímenes de lesa y se salió a la calle masivamente hace pocos días por el 24 de marzo. Es obvio que no sería lo mismo en la era de las comunicaciones.

–Usted se zambulle en la polémica del número de los desaparecidos, ¿qué se puede decir al respecto?

— Busqué las fuentes más objetivas. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) habló en su momento de 8961 casos pero dijo que era una cifra abierta –por el miedo que había en aquellos años para testimoniar. Está también el informe del agente chileno Enrique Arancibia Clavel que ya en el año 1978 dice que sus fuentes en la estructura de inteligencia hablaban de 22.000 muertos y desaparecidos. No está tan lejos de los 30.000. Después menciono una fuente inobjetable –que no podría ser catalogada de llevar un trapo rojo como estandarte– que es Hipólito Solari Yrigoyen, dirigente radical, que en 1979 escribe en una revista que según Amnesty International había entre 15 y 20 mil víctimas. Rodolfo Walsh en su carta de marzo de 1977 hablaba de 15.000 desaparecidos, 10.000 presos y 4.000 muertos. Dio estas cifras a un año de la dictadura. Con lo que fue Walsh como periodista no iba a arrojar números porque sí. Estas fuentes objetivas permiten afirmar que la cifra de 30.000 no es descabellada.

–¿Qué piensa sobre el debate que busca poner el foco en la violencia insurgente?

— Sus autores que, sin duda, cometieron delitos debieron ser juzgados entonces como correspondía. Esos delitos no pueden ser equiparados a los crímenes contra la humanidad, que son imprescriptibles.

–Usted como juez vio cómo se fusionan esos aparatos paraestatales de la Triple A con las estructuras estatales en el ejemplo de la banda de Aníbal Gordon en los campos de concentración de la SIDE.

–Empezaron actuando previo al golpe y se reciclaron «trabajando» para la dictadura. Los objetivos eran los mismos. La reunión fundacional del Plan Cóndor fue también en democracia.

–Eso permitió que Argentina fuera un teatro de operaciones muy importante porque estaban los militantes que habían huido de sus países.

— Claro, Argentina recibió a todos los que se escapaban de las dictaduras de los países vecinos. Fue el teatro de operaciones principal.

–¿El golpe se dio para sofocar el accionar de las organizaciones político-militares –como se plantea desde el oficialismo?

— Las propias Fuerzas Armadas sabían que estaban desactivadas las organizaciones o con muy poca capacidad de fuego o de daño. Es cierto que después hubo atentados. Como excusa para producir el golpe no es creíble. Con los decretos que habían firmado “Isabel” Perón e Ítalo Lúder, las Fuerzas Armadas estaban habilitadas legalmente para actuar, no necesitaban producir el golpe para eso. De hecho, actuaron ilegalmente en Tucumán. No hay que explicar que secuestrar, torturar, quitarles a las mujeres embarazadas sus bebés y tirar a gente dormida al mar no es algo legal. Hay que repetir y explicar, sobre todo cuando se habla de verdad completa.

–¿Entonces, para usted, cuál fue el objetivo del golpe de 1976?

–Estoy convencido de que no solo fue un tema económico ni de cambiar únicamente la base socioeconómica. Surge de todo lo que hizo la dictadura. Para cambiar un modelo socioeconómico no necesitabas prohibir canciones o apropiarte de un bebé. ¿Infundir el terror para qué? Claramente, el objetivo principal fue atacar a las organizaciones obreras y sindicales y, de esta forma, acabar con posibles resistencias a un plan económico determinado, pero fue mucho más que eso. Todos estos discursos que venían desde 1930 de los militares de creerse el reservorio de la patria y del modo de vida occidental cristiano. Todo esto que se iba proclamando en cada golpe, pero en este último fueron más a fondo con la cuestión ideológica y cultural.

–¿Qué rol cumplió la inteligencia en la dictadura?

En su momento, el capitán retirado José Luis D’Andrea Mohr, del Centro de Militares para la Democracia Argentina (Cemida), dijo que la inteligencia era el sistema nervioso del terrorismo de Estado. Eso fue tal cual. La metodología comenzaba con el secuestro, el traslado de una persona a un centro clandestino –donde lo primero que se hacía era torturarla para quitarle información. Esto era la “inteligencia” inicial, una inteligencia arrancada a martillazos o picanazos. La inteligencia tenía una estructura muy aceitada a partir del batallón de Inteligencia 601, que dependía de la Jefatura II del Estado Mayor General del Ejército. Podríamos decir que era la cabeza de un gran pulpo que tenía sus tentáculos diseminados por todo el país en los distintos destacamentos de inteligencia –además, de los oficiales de inteligencia que operaban en cada una de las unidades militares. Esto hizo que fuera una verdadera telaraña de inteligencia que cubría y abarcaba todo el país. Todo fue aprendido, a partir de la década del ‘60, de la escuela francesa y luego de la Escuela de las Américas, donde oficiales y suboficiales de distintas fuerzas argentinas y latinoamericanas iban a entrenarse. En realidad, iban a aprender a torturar.

– Usted juzgó casos de delitos sexuales en la ESMA, ¿por qué cree que se tardó tanto en poner el foco en estos hechos?

–Creo que hubo un cambio cultural en general. Desde el Juicio a las Juntas, estos delitos no formaron parte específicamente como delitos sexuales sino como parte de las torturas. Después de distintas presentaciones, escritos y jurisprudencia se fue abriendo paso a la idea –acertada totalmente– de la especificidad del delito. Esto quiere decir que debían ser juzgados como delitos de lesa humanidad, pero no conglobados dentro de los delitos de tormentos o torturas. Esto es algo relativamente reciente.

– Menciona en el libro las torturas a los conscriptos en Malvinas. ¿Piensa que deben ser juzgados estos delitos?

– Me pareció importante en el libro destacar que el estaqueamiento de los soldados era similar a lo que se hacía en el continente en los campos de concentración. Estaqueamientos hubo también en algunos centros clandestinos, incluso en el Operativo Independencia. Esta similitud es lo que marca la metodología. No puedo responder personalmente porque la Corte está analizando si se trata de delitos de lesa humanidad o graves violaciones a los derechos humanos. Si los considera así, por supuesto, deben ser juzgados porque son crímenes que no prescriben.

— Usted habla de terrorismo de Estado, no de genocidio o de guerra. ¿Por qué?

— Hemos tenido dictaduras sin llegar a un terrorismo de Estado. Hablo de terrorismo de Estado como un plan sistemático: sostener una dictadura por medio del terror y de una represión generalizada y sistemática a través de crímenes de lesa humanidad. En el alegato de Julio Strassera en el Juicio a las Juntas, él dice que la represión fue feroz, clandestina y cobarde. Feroz y clandestino es lo que define al terrorismo de Estado. No hay dudas de eso. Ninguna «verdad completa» puede borrar esto.

–¿Hubo dos demonios o dos ángeles caídos como se planteó en el video oficial del 24 de marzo?

— Existieron. Hubo dos demonios: Jorge Rafael Videla y Emilio Eduardo Massera. Algunos otros más también. Yo escucho mucho últimamente hablar de comunismo, «trapos rojos», colectivismo o estatismo, lo que me trae reminiscencias de los discursos de aquella época.

–¿Usted piensa que este proceso que se viene dando con los juicios se puede detener?

–Yo creo que no. Lo único que va a ir deteniendo esto es la cuestión biológica. Por enfermedades o por fallecimiento, cada vez llegan menos enjuiciados. Pero los tribunales seguimos trabajando. No creo que el contexto político permita detener los juicios. Incluso frente a la cuestión biológica, está el derecho a la verdad. Si hay impulso de causas, los juicios podrían continuar estableciendo responsabilidades o afirmando de qué modo ocurrieron los hechos. Es importante para que las víctimas o los familiares de las víctimas tengan un reconocimiento estatal sobre lo que pasó con sus seres queridos.

–¿Qué casos lo conmovieron como juez especialmente?

–El de Carla Artés Company. Dediqué el libro a su memoria porque murió en 2017 de cáncer. Ella era muy chiquita cuando fue traída junto con su madre de Bolivia para ser mantenidas cautivas en Orletti. Fue apropiada por un represor de la SIDE que actuó en ese centro clandestino y sometida a maltratos psíquicos, físicos y sexuales hasta sus diez años. Antes de escribir el libro, volví a ver el video de su declaración y fue desgarrador. Yo creo que fue uno de los testimonios más duros que escuché en los juicios. Se lo dedico en nombre de ella a todas las otras víctimas.

Fuente: Pagina12

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