miércoles, 24 de abril de 2024

Sergi López: «Soy de la idea de que actuar es un juego»

 

Integrante del elenco de la película El viento que arrasa, dirigida por Paula Hernández, señala de qué modo se vincula con su profesión: «Siempre me ha servido quitarle importancia a mi trabajo». En el orden político, preocupado por la coyuntura global, sostiene: «tenemos que hacer algo contra el fascismo».

Sergi López nació en Villanueva y Geltrú, a 45 kilómetros de Barcelona, pero desarrolló gran parte de su carrera en Francia. A largo de treinta años ganó varios premios, incluyendo un César en su país adoptivo, y recorrió las alfombras rojas de los principales festivales del mundo gracias a sus trabajos junto a directores de la talla de François Ozon (Ricky), Stephen Frears (Negocios ocultos), Woody Allen (Rifkin’s Festival), Guillermo del Toro (el inolvidable villano Capitán Vidal de El laberinto del fauno), Isabel Coixet (Mapa de los sonidos de Tokio), Terry Gilliam (El hombre que mató a Don Quijote), Albert Serra (Pacifiction) y Alice Rohrwacher (Lazzaro feliz). Tiene, y de sobra, aquello que se llama prestigio, una condición que, sin embargo, no hace mella en su carácter afable y espontáneo. Mucho menos en una lengua con un chiste siempre listo para salir al mundo: no hay fama, ni dinero, ni promesas de marquesina capaz de nublarle el humor a este hombre formado en el terreno de la comedia teatral y cuyas primeras experiencias interpretativas, como él mismo reconoce, “fueron haciendo de idiota”.

“Empecé no tan joven, a los 16, haciendo teatro amateur en mi pueblo, donde podía haber desde niños hasta viejos. Era un desastre en el colegio y quise estudiar teatro, pero no pude entrar a la escuela oficial y termine haciendo cursos de clown y acrobacia, que era lo que había. Hacíamos cosas muy marcianas en la calle. Después sí empecé a hacer teatro, pero también cómico. Incluso hoy continuó escribiendo teatro de ese estilo. El payaso, hacer de imbécil, es algo que me interpela y que me va a durar”, dice ante Página/12 durante su paso por el Festival Internacional de Cine de Punta del Este. El catalán viajó hasta la ciudad balnearia para ser jurado de la Competencia Iberoamericana de Ficción y recibir –¡en sandalias!– un premio a la trayectoria, la misma que desde este jueves sumará un nuevo eslabón con el estreno comercial de El viento que arrasa, dirigida por Paula Hernández y basada en el libro homónimo de Selva Almada.

“Me preguntaron si quería que me mandaran una copia, pero en estos casos prefiero no leer. Siento que no me sirve, porque al final lo que hacemos es el guion y no la novela”, se sincera cuando se le pregunta por su acercamiento a esta adaptación comandada por la responsable de Herencia, Lluvia, Los sonámbulos y Las siamesas. Allí interpreta al Gringo Brauer, el mecánico a cargo de reparar el auto en el que viajan por la Mesopotamia argentina Leni (Almudena González) y su padre, el Reverendo Pearson (el chileno Alfredo Castro). Es un personaje hosco, seco y con cara de pocos amigos, tres características muy alejadas de la persona que le da vida. Si hasta aquellos amigos que lo conocieron “con las imbecilidades” ahora le preguntan qué está haciendo y se sorprenden por el choque entre la habitual circunspección de sus trabajos más autorales y el tono de sus obras de teatro, con Non solum y Livingstone 30/40 como las más representativas.

-Difícilmente hubieras obtenido el mismo prestigio dedicándote a la comedia teatral…

-Es que el cine tiene esta cosa medio infantil e inmadura del glamour. Es una película en una pantalla que uno mira, pero alrededor están el star system, los premios, los festivales, las alfombras rojas, las fotos, las luces…Esas cosas son para la vista y para hacer parecer que es algo importante. El teatro cómico es como una misa donde pasa algo muy directo con el público. A veces es raro trabajar en cine, uno se para en el set, la gente se calla, se filma y listo, después vienen cosas en las que uno no está, como el montaje, las ventas, las publicidades. En el teatro estás ahí todo el rato, por lo que repercute mucho más en el cuerpo. Pero es cierto que el cine tiene eso que puede llamarse prestigio.

-Tu “descubridor” en Francia es Manuel Poirier, con quien filmaste nueve películas entre 1992 (La petite amie d’Antonio) y 2007 (La Maison). ¿Ese tipo de química con un director se construye o se da a partir de sensibilidades en común?

-Honestamente no lo sé. En aquel momento pasó alguna cosa medio mágica. Leí en un aviso que buscaban un actor con acento español para un primer largometraje. Había hecho videos de payasos y cosas hogareñas, pero igual fui al casting, me aceptó y yo me puse en sus manos porque no tenía puta idea de nada. Hicimos eso, después me llamó para otra película, después otra vez, hasta que hicimos Western, la quinta, y terminamos en Cannes. Ahí, viendo en los diarios que decía «Sergi López, actor de cine», tomé conciencia. Repetí con muchos directores, pero estoy seguro de que con otros no repetiría nunca. Es como con las parejas sentimentales. No hay una fórmula de «demasiado parecidos» o «muy distintos». Sí con algunos hay una química, una cosa inexplicable que no sabes por qué sucede. También es cierto que tuve mucha suerte, porque si me hubiera encontrado con un tío que no tenía idea, filmaba una película de mierda y no trabajaba más en cine.

-¿La valoración que hay en términos generales sobre tu trabajo es distinta en Francia y en España?
-Nunca me sentí maltratado en España. Me va bien en Francia, y es normal que no me conozcan tanto. Pero siento que en general en Francia al cine se lo creen más porque lo tienen como un patrimonio nacional. Lo mismo que en la Argentina…o al menos así era. En España, la cultura, el cine, el teatro y la música son algo de fondo. Es un país fascista. La raíz es esa, la idea de cultura como que se usa para que «suene algo por ahí». En Francia tienen esa cosa medio chauvinista que hace que se la crean, pero cuando veo cómo potencian lo audiovisual me digo «hostia, pero qué bien». Ellos creen que su queso, su vino y su cine son los mejores y los defienden, lo protegen. Un actor o actriz de cine tiene un valor más sólido que en España, donde es un poco más ligero.

-Quizás se da algo similar a la Argentina, donde a veces la valoración empieza a partir de un reconocimiento previo del exterior.

-Sí, es verdad, en muchas culturas a veces hay un poco de complejo de inferioridad. Desde ya que eso no pasa en Francia, donde tienen un complejo de superioridad. No les importa que hayas trabajado en Brasil, España, Venezuela o donde sea. Sólo les importa Francia y, a lo sumo, Estados Unidos. Quizás por eso no me llaman tanto de España, porque deben pensar que como trabajo afuera cobro mucho, que no querría trabajar con ellos porque ya estuve en Cannes o que estoy tapado de cosas. De Francia sí me llaman, aunque también es verdad que se filman más películas. Es como un perro que va mordiendo la cola: empecé allí y mientras más filmo, más me conocen.

-En una entrevista por la película Ismael, contaste que el director Marcelo Piñeyro hizo algo que funciona muy bien con vos: “Vino, me dio el guion y me dijo que lo leyera. Nada de ‘lo he escrito para ti’”. ¿Qué te genera que te digan “escribí este papel pensando en vos”?

-Siento que es un chantaje emocional que me pone en un lugar incómodo. No me parece muy inteligente decirle a alguien «estoy enamorado de tu trabajo, lee esto que escribí para vos». Prefiero que me lo den y listo. Ese tipo de comentarios son ruido, interferencia. Además, tenemos el ruido de un ego que todo el mundo nos lo infla. Todo te lleva a creer que sos especial. Yo estoy de acuerdo con que a los actores hay que protegerlos un poco, pero lo importante es centrarse en la historia. Además, siempre está el miedo y la posibilidad de que nos salga mal. No podemos decir «ah, sí, la semana pasada hice una escena parecida que estuvo bien». Hay que estar ahí, vivo. Siempre me ha servido quitarle importancia a mi trabajo: no soy yo, es la historia, el guion, el director o directora que tiene un punto de vista y uno está ahí para representarlo. Si no, me siento más observado, más juzgado, más inseguro. De la otra manera estoy más relajado y me quito presión. Me gusta más eso que la idea de «silencio todos que voy a hacer algo importante».

-No sos un actor de método, entonces.

-Para nada. Soy más de los saltimbanquis y los payasos, de la idea de que es un juego. “Hoy juego a que soy un tipo millonario”, perfecto. Sí, puedo mirar cómo caminan los millonarios y demás, pero a la larga hay mucho de intuitivo. Si lo hago mal, el director me dirá qué corregir.

-En los últimos años trabajaste en películas de directores de todas las edades. ¿Te interesa involucrarte con jóvenes, con óperas primas?

-Supongo que cuando te vas haciendo grande la juventud se vuelve un misterio. Tengo la suerte de que algunos directores jóvenes se atreven a mandarme guiones, pero no lo hago si no me gusta. Ahora, si es un primer largometraje de alguien que no tiene mucho presupuesto y está bueno, veo la forma de hacerlo. He trabajado en cosas que no me gustaron, y sufrí mucho. Siempre es un riesgo. Cuando empiezas a notar que lo que estás haciendo no está bien… es feo..

-Tanto en España como en la Argentina está en discusión la relación entre el Estado y el apoyo a la cultura. ¿Qué lectura hacés de esa disputa?

-Que tenemos que hacer algo contra el fascismo y que no nos damos cuenta hasta qué punto vamos integrando un discurso malintencionado. En España, amigos de mi hijo que me conocen y tienen como padres a votantes de izquierda, están con eso de que cine y el teatro son mundos subvencionados. Si algo tiene que proteger y blindar el Estado, es la sanidad, la cultura y la educación. Pero de a poco va entrando eso de que la cultura es secundaria y que si la salud es privada, mejor. Este discurso individualista e hipercapitalista acaba corrompiendo nuestros pensamientos.

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Fuente: Pagina12

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