Iron Maiden en Huracán: Un ceremonial perenne que trasciende el tiempo
Iron Maiden llegó de nuevo a la República Argentina, marcando su décima‑tercera visita, y reafirmó, sin lugar a dudas, el vínculo inquebrantable que mantiene con el público local. En la primera de las dos funciones previstas en el Estadio Tomás Adolfo Ducó (Huracán) de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la agrupación británica ofreció un espectáculo colosal que amalgamó la potencia del heavy‑metal, una escenografía teatral de gran magnitud y un repertorio imprescindible cargado de clásicos.
La “Doncella de Hierro” hizo vibrar una vez más el pavimento porteño —tras su última incursión en 2024— dentro del ambicioso Run For Your Lives World Tour, la gira mundial que celebra sus cinco decadas de trayectoria. Sobre un escenario imponente, el conjunto no solo conmemoró medio siglo de historia, sino que evidenció una vigencia física y sonora que parece transgredir cualquier límite biológico.
El vínculo entre Iron Maiden y la Argentina trasciende el típico itinerario de una gira internacional; se trata de una comunión casi religiosa que se gestó en 1992 en el Estadio Ferrocarril Oeste y que, a lo largo de más de treinta años, ha sido alimentada por visitas memorables. Anoche, esa magia renació desde la tarde en Parque Patricios, con miles de seguidores luciendo camisetas de todas las épocas de Eddie the Head.
La perpetua juventud de los titanes del metal
La columna rítmica, guiada por el incansable bajista y fundador Steve Harris, opera con la precisión de un cronómetro suizo. A su alrededor, la poderosa tríada de guitarras integrada por Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers generó un contraste sublime entre virtuosismo, velocidad y presencia escénica, con Gers realizando acrobacias habituales y Smith aportando la sobriedad técnica de sus solos emblemáticos. Desde el fondo, la percusión de Simon Dawson marcó el latido frenético de la noche con una contundencia impecable.
No obstante, todas las miradas convergieron inevitablemente en la figura del vocalista. Bruce Dickinson se alzó sobre el escenario como un Caronte vibrante y teatral, un barquero mitológico que tomó las riendas de las almas presentes para guiarlas a través de los pasajes más oscuros, épicos y gloriosos del acervo musical del grupo. Con una energía atlética envidiable —cruzando las plataformas, alternando vestuarios y sosteniendo notas agudas imposibles con una potencia vocal intacta—, Dickinson manipuló a su antojo las emociones y los destinos del público durante más de dos horas de concierto.
Iron Maiden ofreció una actuación inolvidable en su decimotercera visita al país.
Furia inicial, pirotecnia y los primeros avistamientos de Eddie
El espectáculo se abrió de forma arrolladora con “Murders in the Rue Morgue”, acompañada de una explosiva exhibición pirotécnica que sacudió el aire de Parque Patricios. La respuesta del recinto fue inmediata: un océano de pogo y puños en alto que persistió sin interrupción durante la interpretación de “Wrathchild”, evocando los años más primitivos y salvajes de la era Killers.
La temperatura se elevó aún más cuando resonaron los acordes de “Killers”, tema que propició la primera y aclamada aparición de Eddie, la icónica mascota del grupo, irrumpiendo en el escenario para aterrorizar al público y entrelazarse en giros teatrales con los músicos. Seguidamente, las complejas capas armónicas de “Phantom of the Opera” demostraron el nivel de rock progresivo que la banda cultivaba desde su primer álbum.
El bloque más impactante en cuanto a pirotecnia y estética llegó con “The Number of the Beast”, donde un deslumbrante juego de fuego acompañó a las pantallas y a la clásica escenografía infernal. La densidad melódica de “Infinite Dreams” (interpretada por primera vez en Argentina) brindó un breve respiro antes de sumergir al público en el esplendor egipcio de “Powerslave”, acompañada por una nueva y sorprendente cortina de explosiones.
Tras la energía directa e irresistible de “2 Minutes to Midnight”, se presentó uno de los picos conceptuales de la noche: la ejecución de “Rime of the Ancient Mariner”. La adaptación del poema de Samuel Taylor Coleridge se transformó en una auténtica mini‑ópera rock, con Dickinson ataviado para la ocasión, efectos de niebla densa y una instrumentación dramática que mantuvo en trance a los presentes.
El regreso a la velocidad pura estuvo a cargo de “Run to the Hills”, con llamaradas brotando desde la escenografía y generando calor en las primeras filas del campo. Le siguió la atmósfera mística de “Seventh Son of a Seventh Son”, otra muestra del alcance poético y progresivo que posicionó a Maiden en la cúspide mundial durante los años 80.
Uno de los momentos más emotivos de la velada ocurrió durante la interpretación de “The Trooper”. Mientras un Eddie ataviado con uniforme militar del siglo XIX patrullaba el escenario, Dickinson cruzó de un extremo a otro agitando alternativamente la bandera británica y la argentina, gesto que desató un rugido ensordecedor en todo el Palacio Ducó.
El tramo final del set principal concluyó con la majestuosa y dramática “Hallowed Be Thy Name” —Dickinson cantando tras las rejas de una escenografía de prisión— y la imprescindible “Iron Maiden”, que sirvió como cierre aparente.
Eddie también estuvo presente en el espectáculo en Huracán.
Un bis histórico y la despedida de un público extasiado
Tras unos minutos de receso y ovación popular, el grupo regresó para un encore de antología. El rugido de los motores de avión anunció el inicio de “Aces High”, con la banda entregando sus últimas reservas de adrenalina a una velocidad vertiginosa.
Seguidamente, se presentó “Fear of the Dark”, donde el Estadio Huracán se transformó en un coro masivo: el tarareo épico de la tribuna argentina acaparó momentáneamente el sonido de los amplificadores, reafirmando por qué este tema constituye la máxima ceremonia de comunión entre la banda y el país.
El cierre definitivo quedó a cargo de “Wasted Years”, pieza que reflexiona sobre el paso del tiempo, la nostalgia y el valor del presente; un mensaje que resonó con especial significado en el marco de una gira que celebra medio siglo de vida.
La despedida ante un público extasiado, agotado y con la voz quebrada, selló una primera fecha inolvidable. Iron Maiden regresa esta noche para cerrar su visita al país. La agrupación volvió a demostrar que su vigencia es un hecho palpable, una fuerza de la naturaleza sustentada por la maestría instrumental, la genialidad escénica de Dickinson y una pasión compartida con la Argentina que parece no tener fin.
Fuente: Ambito.com





