Robbie Williams regresa a Argentina: el renacer del icónico showman del pop

Muy pocos cantantes del panorama pop internacional han logrado cruzar el abismo entre la autodestrucción y la fama desbordante con la franqueza más cruda que Robbie Williams. En el viernes nocturno, durante su segunda de tres presentaciones en el Movistar Arena, el exintegrante de Take That no solo regresó a la capital argentina tras dos décadas —desde los conciertos de 2006 en el Estadio River Plate—, sino que reafirmó su indiscutible corona como soberano del espectáculo.
“¡Lamento enormemente la larga espera! ¡20 malditos años!” proclamó ante una muchedumbre encendida, convirtiendo su disculpa en un abrazo colectivo. Lo que en otros artistas podría percibirse como una maniobra retórica, en Williams se siente como una confesión sincera. A sus 52 años, el intérprete muestra una madurez forjada entre cicatrices: “Tengo cuatro hijos con la misma mujer, ¿pueden creerlo?”, bromeó acerca de su vida familiar junto a Ayda Field, contrastando la serenidad actual con los demonios de adicciones y colapsos nerviosos que marcaron sus años de mayor fama.
Esta resurrección pública cuenta con un impulsor fundamental: el proyecto cinematográfico Better Man, audaz biopic dirigido por Michael Gracey, donde Williams aparece recreado mediante CGI. La película no solo expuso sus vulnerabilidades emocionales ante la crítica global, sino que desencadenó un fenómeno intergeneracional inesperado, inyectando sangre joven en su base de seguidores. A ello se suma el impacto comercial de BRITPOP, su último álbum de estudio, que se lanzó directamente a la cima de las listas británicas batiendo récords de venta.
Un repertorio de himnos atemporales y la energía del presente
El concierto se diseñó como una montaña rusa emocional, combinando comedia stand‑up, vodevil, rock de estadio y balada pop. El punto de partida fue, sin duda, la explosión festiva de “Let Me Entertain You”, el tema icónico de su álbum debut en solitario Life thru a Lens (1997). Desde la primera nota, la escenografía —deslumbrante en luces, bailarinas y una banda a la altura de su leyenda— demostró que la voz de Williams mantiene su potencia intacta.
Sin pausa, el británico entrelazó su legado histórico con su actualidad musical al interpretar “Rocket” y “Bite Your Tongue”, dos pilares de BRITPOP (2026), que fueron recibidos con evidente entusiasmo. Sin embargo, el clímax masivo surgió con “Rock DJ”, el éxito arrollador de Sing When You’re Winning (2000), cuyo videoclip frenético había fascinado y atemorizado a la generación MTV a comienzos del milenio.
El recorrido cronológico permitió apreciar la solidez de su alianza creativa con Guy Chambers. Se sucedieron “Strong” y “Millennium”, ambas extraídas de I’ve Been Expecting You (1998), mostrando un pop refinado que incorpora arreglos orquestales y guiños cinematográficos, como el inolvidable sample de James Bond en “Millennium”. Más adelante, el tono épico cedió paso a la elegancia bailable de “Supreme” (de Sing When You’re Winning, 2000), la afirmación vital de “Love My Life” (de The Heavy Entertainment Show, 2016) y la brillante lírica de “Something Beautiful”, una de las joyas melódicas de Escapology (2002).
El crooner, el guiño a Soda Stereo y la emoción a flor de piel
Una de las grandes virtudes de Robbie Williams es su capacidad camaleónica en el escenario. A mitad de la velada, ataviado con un traje de crooner clásico —eco de sus homenajes a la Rat Pack—, ofreció una interpretación majestuosa de “New York, New York”, demostrando un dominio rítmico propio de los grandes cantantes de jazz.
Ese segmento teatral dialogó a la perfección con la carga dramática de “No Regrets” (de I’ve Been Expecting You, 1998), tema con el que en su momento procesó la dolorosa ruptura con sus antiguos compañeros de boyband. Uno de los momentos más espontáneos y sorprendentes surgió cuando el guitarrista principal arrancó los acordes iniciales de “De música ligera” y el arena se transformó en un hervidero. Robbie, visiblemente divertido, preguntó al público: “¿Qué es eso? ¿Lo tocamos el domingo?”, dejando la puerta abierta a una posible sorpresa en la fecha de cierre de su gira porteña.
El tramo final del setlist transcurrió sin interrupciones. Tras la contagiosa sensualidad de “Kids” (el dueto con Kylie Minogue de 2000) y la profundidad de “Come Undone” (de Escapology, 2002), Williams eligió la balada “She’s The One” (1998) para elevar la intimidad al máximo, dedicándola a una seguidora elegida del público en un gesto de pura complicidad.
Antes de retirarse para el llamado “bis”, el artista reservó el instante más íntimo de la noche para interpretar “My Way”, la emblemática versión adaptada por Paul Anka. Williams la dedicó especialmente a su padre, Pete Conway, quien atraviesa una delicada situación de salud. “Mi héroe”, lo describió Robbie.
Catarsis colectiva y la esperanza de un próximo reencuentro
Para el cierre, el británico ofreció dos cartas definitivas. Primero, “Feel” (de Escapology, 2002), con su introducción de piano que eriza la piel y un coro multitudinario que resonó en las entrañas del estadio. Como broche de oro, las luces se atenuaron para dar paso a “Angels”, el himno de Life thru a Lens (1997) que redefinió su carrera cuando parecía tambalear a finales de los noventa.
Con miles de teléfonos iluminando la masa y un coro de voces al unísono, Robbie observó la escena con evidente emoción, llevándose las manos al pecho en señal de gratitud. Más allá del espectáculo, dejó una promesa en el aire: no permitirá que pasen otros 20 años y tiene la intención de volver a Argentina en un plazo máximo de dos años.
¿Se repetirá la magia de un estadio colosal, tan libre como el histórico River Plate de 2006? Por ahora, lo demostrado en el Movistar Arena confirma que Robbie Williams no es solo una reliquia dorada de la era del pop, sino un artista plenamente vigente, capaz de transformar sus sombras en un espectáculo brillante e inolvidable.
Fuente: Ambito.com





