Tecnología

El mercado no constituye una herramienta viable para gestionar la salida del apocalipsis de la inteligencia artificial

En la coyuntura actual, las interrogantes fundamentales en torno a la inteligencia artificial configuran las fluctuaciones de los mercados de capital. Los optimistas, que anticipan que la IA será a la vez revolucionaria y rentable, colisionan con los escépticos, quienes dudan de la materialización de los beneficios anunciados.

Sin embargo, emerge una tercera corriente de pensamiento entre los inversores: ¿qué ocurrirá si los sistemas de IA resultan tan poderosos como afirman los alcistas, pero a la vez extremadamente peligrosos? Crecen los temores de una IA “desalineada” que pueda vulnerar infraestructuras, facilitar fraudes o engañar a ingenieros humanos. Los científicos de los laboratorios de IA de vanguardia temen que sus herramientas puedan ser aprovechadas por regímenes autoritarios o grupos terroristas para diseñar armas biológicas. Algunos incluso contemplan la posibilidad de que dichos modelos conduzcan a la extinción de la humanidad, anulando cualquier expectativa de una futura oferta pública inicial. Resulta, pues, difícil celebrar una OPI que conduzca a una liquidación pública definitiva.

Tyler Cowen, economista de renombre, desearía que los alarmistas respaldaran sus advertencias con acciones concretas. Numerosos analistas asignan elevadas probabilidades a una catástrofe. Si sus pronósticos resultaran acertados, los indicios de ruina deberían comenzar a impactar los mercados antes de que el desastre se materialice. En consecuencia, los tecnófobos podrían poner a prueba sus tesis mediante operaciones financieras; un éxito reforzaría la credibilidad de sus profecías mucho antes del eventual colapso que, en última instancia, los validaría. Esta demanda de responsabilidad intelectual es comprensible. Alex Tabarrok, colega de Cowen, calificó alguna de esas apuestas como “un impuesto a las tonterías”. No obstante, cuando se trata de los peligros inherentes a una IA avanzada, las apuestas resultan difíciles de concretar.

Algunas de las consecuencias más leves de una IA potente ya se reflejan en la valoración de los mercados. La preocupación por ataques cibernéticos impulsados por IA ha impulsado el precio de acciones de empresas de seguridad informática como CrowdStrike, cuyo valor se ha más que duplicado en los últimos seis meses, situándose cerca de 200 veces sus ganancias proyectadas para el próximo año. En ciertos casos, el temor, más que la avaricia, está impulsando el desempeño bursátil.

Estrategias no probadas podrían atraer a los inversores más audaces. Si las compañías de ciberseguridad se cotizan con una prima, es razonable esperar que aquellas más vulnerables a hackeos y fraudes se negocien con descuento. En el ámbito privado, los sectores de salud, finanzas, telecomunicaciones y transporte suelen ser los blanco. Las pequeñas y medianas empresas presentan mayor exposición que sus contrapartes de mayor tamaño. Un modo de operar bajo esta lógica sería adquirir swaps de incumplimiento crediticio (CDS) sobre la deuda de bancos regionales, por ejemplo.

Frente a peligros tradicionales como inundaciones, incendios forestales o terrorismo, la respuesta evidente sería adquirir seguros. Sin embargo, el mercado para el riesgo asociado a la IA ha tardado en emerger. Incluso los riesgos físicos que amenazan a los centros de datos resultan difíciles de asegurar. A principios del año, la Insurance Services Office, entidad proveedora de normas para la industria, introdujo una plantilla que excluía los daños originados por IA generativa de una amplia gama de reclamaciones. Varias corporaciones de gran escala han solicitado a los reguladores la posibilidad de excluir estas amenazas emergentes. Esta prudencia ha generado un vacío que algunas startups intentan colmar, aunque su escala sigue siendo diminuta frente a la magnitud del desafío.

El obstáculo que enfrentan las aseguradoras tiene raíces más profundas: resulta complejo cubrir riesgos vinculados a la IA porque el concepto de “riesgo” resulta demasiado ordenado y mensurable para la naturaleza de lo que está en juego. En la disciplina económica, riesgo alude a probabilidades cuantificables. Las amenazas caóticas e imprecisas asociadas a la IA son mucho más difíciles de delimitar. Son novedosas y se comprenden de forma limitada. La evidencia disponible es escasa, de modo que tanto compradores como vendedores de seguros desconocen cómo fijar una prima adecuada.

A lo largo de la historia del pesimismo humano, abundan los profetas del desastre que han sobrestimado sus predicciones. Quienes claman sobre colapsos de la cadena de suministro, aterrizajes forzosos o crisis financieras podrían, en teoría, lucrarse con sus augurios, si poseyeran la claridad que aseguran. No obstante, la IA constituye una excepción. En el extremo más extremo del espectro, los peligros son intrínsecamente ineludibles. Incluso si se pudieran calcular las probabilidades de una amenaza existencial, tendría poco sentido contratar protección con contrapartes que podrían no existir para cumplir con los pagos.

En un escenario de “dominio de la IA”, donde la humanidad quede subyugada o relegada, los principales beneficiarios serían las propias entidades de IA que asuman el control como la forma dominante de vida en el planeta. Estas serían, por ende, las contrapartes naturales de cualquier póliza que un agorero intentara adquirir. Sin embargo, aun en esa hipótesis, una superinteligencia sería un negociador extremadamente difícil; a diferencia de los humanos, probablemente leería la letra pequeña con extrema precisión.

Fuente: Ambito.com

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