domingo, 23 de junio de 2024
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El Ricardo Piglia prologuista y su amor incondicional por la literatura

 

El libro compila los textos del escritor para los volúmenes de la «Serie del Recienvenido», colección dirigida por él entre 2011 y 2015.

La primera vez que Ricardo Piglia leyó la novela de Sylvia Molloy, En breve cárcel, fue durante un viaje en ómnibus a Entre Ríos. En el camino se detuvieron en un parador y él siguió leyendo apasionadamente en un banco, bajo los árboles. Tan cautivado estaba por la lectura que casi se le fue el micro. «Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra», escribió en el prólogo a aquel texto publicado en la «Serie del Recienvenido» del Fondo de Cultura Económica, colección dirigida por él entre 2011 y 2015.

Ahora el sello lanzó Trece prólogos, un volumen que reúne todos los textos que Piglia escribió para aquella serie. En el fragmento citado aparecen dos ejes fundamentales: por un lado, una mirada aguda para identificar las habilidades de un autor a la hora de construir su obra; por otro, una pasión sin límites por la literatura, un vínculo estrecho con la lectura que podía hacerle perder un micro. Sylvia Molloy es una de las cinco escritoras que integran la serie junto a Ana Basualdo (Oldsmobile 1962), Susana Constante (La educación sentimental de la señorita Sonia), María Angélica Bosco (La muerte baja en el ascensor) y Libertad Demitrópulos (Río de las congojas). Completan la lista Germán García (Nanina), C.E. Feiling (El mal menor), Jorge Di Paola (Minga!), Miguel Briante (Hombre en la orilla), Norberto Soares (Gente que baila), Héctor Libertella (¡Cavernícolas!), Edgardo Cozarinsky (Vudú urbano) y Ezequiel Martínez Estrada con sus Cuentos completos.

En el prólogo a los prólogos, Aníbal Jarkowski señala que Piglia volvía a un trabajo que conocía al pie de la letra porque lo había hecho 40 años antes: en sus comienzos redactaba informes de lectura, componía antologías y llegó a dirigir varias colecciones. Al igual que Borges, tenía el fabuloso hábito de hacer listas. Cuando se trataba de títulos, esas listas representaban una fuente de ingresos (algo que solía exponer sin tabú en sus diarios) pero también una especie de «conjuro» para poner orden en su caos personal de autores, obras y géneros. El modo en que Piglia confeccionaba esas colecciones resulta interesante porque siempre había una intención de desvío: se corría de los cánones y tomaba un camino alternativo eligiendo libros laterales en la obra de un autor.

Lo más estimulante de esta serie (nombrada así en alusión a Macedonio Fernández) es que sus elecciones no se rigen por coincidencias temáticas, genéricas, estéticas o ideológicas sino que responden exclusivamente a su gusto personal y, además, es una serie que queda abierta y plantea un diálogo con los lectores. La fascinación de Piglia por un libro podía gestarse en una voz poderosa como la del texto de Molloy, en el ritmo y la entonación justa de la prosa de Briante, en la capacidad de García a la hora de encontrar nuevos espacios para la experimentación y la aventura, en el efecto de unidad que conseguía una colección de cuentos como la de Basualdo, o en la destreza de un escritor para renovar la novela contemporánea a partir de los géneros considerados «menores», operación que Feiling llevó adelante en El mal menor.

Tenía especial interés por los tráficos entre la alta cultura y la cultura popular, y –adelantado al boom que experimentarían estos géneros en Latinoamérica– aseguraba que el relato de terror era quizá «la forma más devaluada y más activa de la cultura actual». Aludía a la falta de legitimación de esos géneros por parte de la academia y mencionaba las raíces góticas, el gore de la literatura fantástica inglesa, o la weird fiction estadounidense que trabaja con el horror y lo sobrenatural. En esa línea, definía El mal menor no como un relato de terror sino sobre el terror. Encontraba una novela romántica en Minga!, una novela histórica en Río de las congojas, una novela policial en La muerte baja en el ascensor y una novela erótica en La educación sentimental de la señorita Sonia, por esa tensión entre el decir y el hacer.

Su interés por lo marginal también se revela en esa voluntad por iluminar a figuras como Norberto Soares –quien a los 50 años escribió su ópera prima– o Héctor Libertella, a quien define como un escritor conceptual. Al primero lo ubica entre «esos sabios secretos, genios orales, conversadores inimitables, autores sin obra, locuaces y lúcidos». Soares fue clave en la difusión de escritores como Lamborghini, Dal Masetto, Soriano o Gusmán, pero a los 50 sorprendió a todos con un libro de cuentos que Piglia define como «único» en el sentido más riguroso porque «no se parece a nada» y asegura que «las óperas primas son un género en sí mismo». Del segundo se dice que «escribe para pensar»: Piglia encuentra en ¡Cavernícolas! un libro de historia documentado y muy erudito, «un trabajo imaginario con los inmensos archivos de las lenguas olvidadas» y celebra su empresa en ese territorio que identifica como la «ficción del decir».

Los Trece prólogos configuran una mirada lúcida sobre la historia literaria argentina, un recorrido por sus márgenes y una invitación a explorar ese menú tan personal como variopinto. Vale la pena encontrarse (sin spoilers) con el texto que cierra el volumen y presenta los Cuentos completos de Martínez Estrada, porque allí Piglia narra el encuentro mítico con quien sería una figura fundamental en su vida y en su recorrido de escritor. De Vudú urbano (otra ópera prima) elogia su contemporaneidad y el procedimiento de montaje. Repasa la obra de Cozarinsky –su tesis sobre Henry James dirigida por Borges, su magistral ensayo sobre el chisme como forma narrativa y su paso por el cine–, recuerda cómo en 1967 conoció al escritor
recientemente fallecido y cómo los unió la figura de Puig: «En el primer encuentro se inició una amistad hecha de correspondencias y sobreentendidos que dura hasta hoy; esa tarde, con la generosidad de un auténtico lector, Cozarinsky me pasó –como una clave secreta– el original de La traición de Rita Hayworth de Manuel Puig. En esa escena estaba ya concentrada la historia de una complicidad: fue una contraseña porque Puig era el cine, era los géneros populares, era la entonación argentina y la experimentación novelística (…) Editar ahora su extraordinario primer libro es, entre otras cosas, un modo de evocar la época en la que éramos inéditos, ambiciosos y apasionados por la literatura, el cine y por la vida misma (en tercer término)».

Fuente: Pagina12

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