domingo, 23 de junio de 2024
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Adiós a Tina Serrano, emblema del teatro

 

Supo despegarse del estigma de ser «hija de» y forjó una sólida carrera sobre tablas, lo que no le impidió transitar la TV y plasmar a una de las villanas más recordadas de la pantalla chica.

“Que los chicos tengan acceso a los mecanismos de la dirección, de la actuación. Creo que sería muy estimulante y enriquecedor para ellos, elijan o no más tarde el escenario para trabajar. Ayudaría a formar espectadores y lectores, ya que la tele abierta no les da espacio a estas manifestaciones. Todos necesitamos ilusionar, proyectar, sublimar por el lado del arte para vivir mejor”. Eso decía hace veinte años a Página/12 la actriz Tina Serrano, quien solía compartir su deseo de que la disciplina teatral se incorporara a la currícula escolar en las instituciones educativas.

Hija del legendario actor Enrique Serrano, Tina poseía genes de capocómica pero también era capaz de encarnar roles de alto voltaje emotivo; podía arrancar carcajadas y lágrimas entre la audiencia televisiva o ante una platea de teatro. Serrano, quien protagonizó hitos cinematográficos como La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986) o De eso no se habla (María Luisa Bemberg, 1993) y televisivos como Resistiré o Gasolerosfalleció este jueves a los 82 años. Su hijo Hilario, fruto del vínculo con el actor Lorenzo Quinteros, lo confirmó a través de las redes sociales con estas palabras: “Mi mamá falleció. Se fue en paz. Estoy muy triste”.

Saber tocar un instrumento musical, hacer malabares, andar a caballo, usar el facón y dar un salto mortal. Esos, según la actriz, eran los cinco mandamientos que su padre había aprendido en el maravilloso universo del circo criollo durante su juventud. Serrano recordaba aquella ley que prohibía a las compañías circenses ingresar a Capital Federal por ser consideradas expresiones “marginales” y aseguraba: “Ahí te exigían más que en el Actor’s Studio”. Para Tina la exigencia a la hora de ejecutar un buen salto mortal era una perfecta metáfora del oficio, sobre el cual reflexionaba a menudo en las entrevistas: “Cualquier forma de actuación es ponerse del otro lado. El actor, la actriz, aunque ya no existan los cómicos de la legua (comediantes nómades del Renacimiento o el Siglo de Oro Español), sigue siendo un ser itinerante, sin un trabajo estable, siempre con nuevos proyectos entre manos”.

Serrano jamás despreció los espacios catalogados como géneros «menores” o «populares» sino todo lo contrario. “He hecho de todo, no le hice asco a nada, lo popular me encanta. Todo lo encaro lo mejor que puedo, fui educada así y después, por propio convencimiento, he practicado esas pautas a conciencia pura”, declaró a este diario. Su trayectoria es una muestra de esa enorme plasticidad para moverse en registros muy diversos: podía interpretar personajes creados por dramaturgos como Peter Handke o Thomas Bernhard, podía dirigir monólogos de Griselda Gambaro, podía interpretar a una madre morfinómana en el Cervantes y también podía encarnar a una tía incestuosa en la TV abierta: nada menos que a Leonarda Panini, una de las villanas más perversas y memorables que ha dado la ficción argentina –en aquellos tiempos lejanos en los que la ficción televisiva era una realidad y un campo laboral para actores, directores y guionistas–. En Resistiré Tina dio vida a un triángulo de pura malicia junto a Fabián Vena en el rol de Mauricio Dobal y Claudio Quinteros, quien interpretaba a su sobrino Andrés. Ese papel le valió un Martín Fierro en 2003 como Mejor Actriz de Reparto.

La artista sufrió el estigma de los “nepo babies”, un fenómeno hoy muy extendido (basta con hacer un repaso por las caras más visibles del star system de redes y del streaming nacional) aunque bastante poco cuestionado que, en su momento, a Serrano le generaba ciertas contradicciones. “No estoy en el star system pero vengo de ahí porque mi viejo era toda una estrella popular (…) Para tanta gente yo era ‘la hija de’… eso venía acompañado de un ‘ay, tu papá, qué maravilla’. Poder despegar de padres famosos es bravo, encontrar tu propio lugar, no sentirte una usurpadora. No por nada muchos hijos de famosos se quiebran”, explicaba. Al mismo tiempo, decía que esa herencia podía ser tanto una maldición como una bendición y reconocía las ventajas: “Gracias a la plata que ganaba pude tener una buena educación, que fue lo que me salvó la vida, porque herencia material no me dejó ninguna. Mi padre no fue previsor, no compró propiedades, pero vivíamos como los dioses. Tampoco me ayudó en el teatro, porque yo empiezo casi cuando él se muere, en el ‘64. Mi viejo decía que había que empezar de abajo, cumplir el escalafón, que para ser domador había que barrer muchas veces la jaula del león”.

La directora pagó el famoso derecho de piso y se legitimó por su propio trabajo entre colegas y críticos, pero además se ganó un lugar en los corazones de la gente. Solía decir que era muy tímida, que tenía el autoestima un poco baja en sus inicios y que había optado por el under porque se sentía “más contenida por el equipo”. Muchas veces quiso dejar la carrera y muchas veces volvió a elegirla (“parece que está en mi destino ser actriz”, afirmaba). Le interesaba el campo de la dirección y había encontrado un gran aliado en Roberto Villanueva, con quien compartió varios proyectos, entre ellos Las sacrificadas, Las personas no razonables están en vía de extinción o Almuerzo en casa de Ludwig W., donde se había lucido junto a Alejandro Urdapilleta y Rita Cortese.

“He aprendido un montón de Roberto Villanueva, siempre atenta a cómo maneja el texto, las ideas sobre la puesta. Por otra parte, como soy del gremio, quiero mucho a los actores, sé cuándo acariciarlos y que no hay que pedir cosas antes de tiempo para que no se congelen. Tengo ese proyecto de dedicarme a dirigir”, confesaba allá por 2004. Serrano se definía a sí misma como “una actriz muy argentina, sin tics europeizantes” y celebraba el elogio de su hija Ana quien, después de ver una pasada de Las sacrificadas, le había dicho: “No parecés una actriz sino una persona”.

Los actores y las actrices, por la naturaleza de su profesión, pueden «morirse» varias veces a lo largo de una carrera. En el final de aquella obra inspirada en un cuento de Horacio Quiroga, su personaje moría y cuando se le preguntaba por esa escena, decía que había investigado bastante sobre la adicción a la morfina para poder encarnarlo mejor: “Es muy bravo, fue lo que más me asustó de la obra. Llega esa muerte después de un camino de autodestrucción feroz, Julia muere con terribles dolores. ¿Sabés lo que es hacer todas las noches esa escena? Ella está muy reventada, al final es como una especie de bicho”. Después de eso tardó en volver a hacer teatro, pero siempre seguía eligiendo el escenario como un refugio que le permitía desarrollar las cosas que más le gustaban: “El teatro es lo que he elegido, he tratado de aprender algo, a veces creo que sé hacer algunas cosas”. Fueron muchas. Y hoy deja un legado imborrable en la cultura argentina.

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Fuente: Pagina12

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