martes, 28 de mayo de 2024

Homenaje a un club de barrio

 

“Tenía 12 años y le creía al Gordo Muñoz -recuerda el periodista y escritor Marcelo Izquierdo-. La dictadura me había lavado el cerebro. No sabía que en el país se asesinaba, torturaba y desaparecía a miles de personas. Y la propaganda oficial había despertado en mí un sentimiento nacionalista del que me sentía orgulloso”. Izquierdo era en los 70 un adolescente para quien lo más importante era el fútbol. Sobre todo, Racing. Lo cuenta en su nuevo libro, San Diego – el peor equipo del barrio (Ediciones Al Arco). Texto íntimo en el que deja entrever cómo el fútbol lo atravesó mientras a la vez pasaba la vida: el barrio, los amigos, el equipo de fútbol (el San Diego) que se formó en las calles de Devoto y que duró hasta principios de los 2000, cuando sus integrantes, ya adultos, se juntaban a jugar en las canchas de Atlanta, en Villa Crespo. En tanto, hubo pibes que se “vendían” a otros equipos mejores o se mudaban del barrio; el colegio, las primeras novias, las maestras, la familia, los familiares que se fueron, la dictadura y las Malvinas.

Izquierdo encara sus recuerdos a través de 85 relatos íntimos que se leen como una novela. A los hechos les suma la mirada de alguien que ahora, promediando los 50, tiene una carrera periodística hecha y otra como escritor que lo deja más que bien parado. Dan cuenta sus libros anteriores, Carceleros (de 2014, sobre el club Lamadrid) y el formidable Tita, 100 años de la madre de la Academia, biografía de Tita Matiussi, la hincha más célebre de Racing.

El San Diego, nos aclara Izquierdo, era un equipo de amigos que por lo general jugaban mal. Empezaron en las veredas, después sumaron las calles cuando no pasaban tantos autos y luego eligieron su cancha estable en el pasto lindero a la Avenida General Paz. Él no era de los mejores. Aunque para incentivarlo le decían “el Pelé Blanco”. Alguna vez intentó jugar en un club. Se probó en River, Chacarita y su querido General Lamadrid pero no quedó. Mejor suerte creyó tener en Estudiantes de Buenos Aires. Pero tuvo que dejar a poco de entrar debido al maltrato de un grupo de compañeros que le apuntaban por ser el nuevo y el más chico. Cuando en una práctica lo empujaron de una tribuna, terminó en la enfermería del club y no volvió.

“La adolescencia me lanzó la dictadura a la cara”, escribe en un capítulo en el que cuenta el golpe económico que sufrió entonces su familia, que para zafar abrió un kiosco en el que él trabajaría junto a sus hermanos mientras la barra de amigos se dividía entre el despertar del rock, los primeros amores y, siempre, el fútbol. Pudo haber sido de Independiente por un tío, pero se inclinó por Racing aunque aquellos fueron los peores años deportivos de la Academia. Eran tiempos de El Gráfico, la revista que amaba leer y que compraba su tío Lolo. “Era la época en que Independiente levantaba Libertadores tras Libertadores y la Academia empezaba la debacle que terminaría con el descenso en el 83”, cuenta.

Por esos años empezó también el colegio secundario. Clima enrarecido por la dictadura. Pelo corto, prolijo, por encima del cuello de la camisa. “Todos formaditos, todos calladitos, todos asustados. La disciplina ante todo”. Y el debut sexual junto con sus amigos, cuando fueron a ver a Olga, una prostituta que los atendió de a uno en un hotel de Almagro. Lo que siguió fue una tenue rebeldía, acorde a la época en que la dictadura mandaba a los pibes a las Malvinas. Volvió la democracia y con ella los recitales en Obras y la celebración del Mundial ’86: “Maradona era el Dios que guiaba a la Argentina al Cielo”.

Queda para el final un epílogo en el que se da cuenta de qué fue de la vida de cada uno de los personajes que llenan las páginas del libro. “Mi vieja Beba sigue vivita y coleando. Mi madre es hoy la presidente honoraria del equipo”, actualiza. También refiere que el San Carlos ahora juega a través de mensajes de WhatsApp. Son veinte los integrantes del grupo que se llama “San Diego te aclama”. Este capítulo está buenísimo porque a esa altura, el lector se siente ya parte de la historia. Y, por qué no, también parte del San Diego.

Fuente: Pagina12

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