jueves, 30 de mayo de 2024

Infame traidor a la Patria hubo uno solo

 

Incapaz de aceptar una idea u opinión diferente, producto del alboroto mental que demuestra tener, el presidente Javier Milei se parece cada vez más a cierto tipo de enfermos refractarios a aceptar ideas u opiniones diferentes, opuestas o contrarias a sus caprichosas reacciones, que son en general extravagantes e irregulares.

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Incapaz de aceptar una idea u opinión diferente, producto del alboroto mental que demuestra tener, el presidente Javier Milei se parece cada vez más a cierto tipo de enfermos refractarios a aceptar ideas u opiniones diferentes, opuestas o contrarias a sus caprichosas reacciones, que son en general extravagantes e irregulares.

Es asombroso, en tal sentido, su extraordinario parecido con personalidades que en la Historia de la Humanidad sólo produjeron dolor, violencia y atropellos, y, lo más grave, extraordinarios retrocesos morales.

Adolfo Hitler, sin dudas, fue un caso patológico paradigmático de cierto tipo de locuras asesinas, en línea con otros episodios que no fueron políticos en sentido estricto pero sí de gran resonancia mundial, como el caso de Jack el destripador en la Inglaterra del siglo 19 o el de Charles Manson en los Estados Unidos de hace 60 años. Ni de muchos otros casos también muy sonoros en nuestro país, donde la lista de criminales es mucho más larga de lo que suele pensarse, y en la que descollan violentos como Cayetano Santos Godino, «El Petiso Orejudo», famoso asesino serial durante la primera década del siglo 20. O más acá, hace 60 años Carlos Eduardo Robledo Puch, conocido como «El Ángel Negro» y quien todavía está en prisión y encabeza la lista de criminales argentinos de todas las épocas.

Desde luego que por otro tipo de barullos mentales, en sólo cuatro meses el actual presidente argentino ha hecho de las suyas. Como militarizar el Conicet, por ejemplo, rodeándolo de un asombroso despliegue policial la semana pasada y con el fin de amedrentar a l@s trabajador@s del extraordinario Polo Científico allí montado, orgullo de la Capital Federal y del país todo, donde decenas de científicos fueron obligados militar y policialmente a «formar filas» con estúpidas excusas. Lo que evidenció que lo que en verdad se buscaba era humillar a cientos de investigadores que desde hace décadas son banderas de la excelencia científica y tecnológica de este país.

Y todo eso mientras uno de los máximos dirigentes de la CGT, el Sr. Daer, a propósito de la espantosa situación del pueblo trabajador declaraba sin ponerse colorado que «no descartamos nada, ni paro ni movilización», pero a la vez advertía que «las precisiones se darán a conocer después de un acuerdo entre todos los sectores» y «quizás el 1º de Mayo se haga una gran movilización». O sea 20 días después.

Esto es hoy la República Argentina: una flamante y mal disimulada colonia, como quedó evidenciado con el circo armado en Ushuaia, capital de Tierra del Fuego adonde, presto y servil, voló el presidente Milei durante horas para endulzarle los oídos a la comandanta militar de los Estados Unidos en un acto vergonzoso de bajada de lienzos que sólo aplaudieron cipayos y gorilas vernáculos, felices de achicar la república y hambrear a millones de compatriotas.

Ése y no otro es el camino hacia la Colonia o Factoría que las oligarquías sueñan siempre, porque en esas condiciones la explotación humana es más barata y las protestas se responden a palos, violencias y peor aún.

Desde el primer presidente y primer gran traidor de la Argentina (Bernardino Rivadavia, en 1826) puede afirmarse que en este país jamás ninguno de los muchísimos traidores a la Patria ha sido ni siquiera juzgado. Con una sola excepción, que viene a confirmar la regla.

Y ese caso único de «traidor a la patria» que registra la Historia Argentina es el de un oscuro militar llamado Guillermo MacHannaford, descendiente de súbditos británicos que alcanzó el grado de Mayor en el Ejército Argentino.

Nacido en 1890, Willy, como lo llamaban, acompañó al General José Félix Uriburu cuando éste comandó el 6 de septiembre de 1930 el primer golpe de Estado en la Argentina del Siglo 20 y derrocó al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen.

Antes MacHannaford había asistido a una residencia de estudios en Alemania, después fue jefe del Regimiento de Infantería 3 y también profesor en la Escuela de Caballería y en el Colegio Militar. Fue, incluso, agregado militar en la Embajada argentina en Roma, Italia, en 1923, estadía durante la cual simpatizó y estrechó lazos con el surgente fascismo al crearse la Legión Cívica Argentina, que fue un grupo paramilitar formado precisamente por el general Uriburu, quien los bautizó como los “Camisas negras argentinos”, siguiendo el modelo de las milicias de combate voluntarias de Benito Mussolini.

Poco tiempo después, en 1932 y al estallar la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, Willy fue designado agregado militar en La Paz, cargo en el que se desempeñó hasta que el gobierno boliviano lo expulsó porque Argentina, país neutral, en realidad estaba ayudando a Paraguay con armas, municiones y víveres.

Esa guerra terminó en 1935 y le cupo un importante papel al abogado y diplomático Carlos Saavedra Lamas, bisnieto de Cornelio Saavedra y quien por su mediación pacifista fue el primer latinoamericano en recibir el Premio Nobel de la Paz, en 1936. Año y medio después, terminada esa guerra y cuando el presidente norteamericano Franklin Roosevelt llegó a Buenos Aires para presionar los acuerdos de paz entre ambos países beligerantes, MacHannaford fue uno de los edecanes que lo acompañaron, aunque por poco tiempo. Y cuando Roosevelt se fue, en el crucero «Indianapolis», Willy fue inmediatamente detenido en su casa de la zona norte del conurbano, con el cargo de «Espionaje» y acusado de entregar documentos secretos al Paraguay.

Rápidamente fue juzgado, degradado y destituido en ceremonia pública y se lo condenó a cadena perpetua en la cárcel de Ushuaia, adonde fue enviado en agosto de 1938.

Allí estuvo recluido hasta 1944, cuando fue trasladado a la hoy desaparecida cárcel porteña de la Avenida Las Heras, donde transcurrió su prisión hasta que en Mayo de 1956 el Presidente de facto, el General Pedro Eugenio Aramburu, lo perdonó mediante un acta secreta.

Guillermo MacHannaford murió en su casa del conurbano bonaerense el 5 de septiembre de 1961, después de casi 20 años de estar preso y abatido, olvidado y enfermo de una severa tuberculosis que había contraído en Ushuaia. La Wikipedia dice que sus restos están –no que descansan– en el porteño cementerio de la Chacarita.

Muchos años después, y nuevamente en Ushuaia, quizás haya empezado a escribirse la historia de una nueva, gravísima, incalculablemente peor traición a la Patria.

Fuente: Pagina12

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