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Por qué los técnicos duran tan poco en el fútbol argentino

Por qué los técnicos duran tan poco en el fútbol argentino

Troglio (exDT de Gimnasia), uno de los entrenadores despedidos en la Superliga Fuente: LA NACION – Crédito: archivo

Se fueron 21 entrenadores en 20 fechas de la Superliga. La cifra de directores técnicos que por diversos motivos abandonaron sus puestos antes de tiempo en el fútbol argentino resulta llamativa. Aunque no debería sorprendernos tanto en un contexto en el que la norma es cambiar sin esperar que salgan a la luz todas las señales indicativas de que un proceso agoniza.

El hecho, en todo caso, abre la puerta a analizar las causas por las que en determinado momento un proyecto futbolístico es interrumpido para tomar un atajo que nadie sabe dónde conduce.

En principio no debe cometerse el error de generalizar. Los cargos son ejercidos por personas, y por lo tanto las relaciones que cada técnico logra con un plantel son distintas y las variantes son múltiples.

Después convendría desterrar las teorías fantasiosas que suele tejer el imaginario colectivo. Por ejemplo, que el jugador se desentiende cuando sospecha que el entrenador está débil en su cargo, o que le suelta la mano para dejarlo caer. No niego que algo así pueda ocurrir alguna vez, pero comúnmente esas teorías no son ciertas, o no lo son siempre, o no del todo.

El futbolista desarrolla durante su carrera un amor propio muy particular. No le gusta que lo critiquen, siente vergüenza, no quiere el papelón, y es individualista, incluso egoísta. Su respuesta para sobrevivir en la selva tiende a ser instintiva: juega para salvarse y defender su prestigio. Lo mueve la necesidad, y una vez que la pelota rueda se olvida hasta de quién es su entrenador aunque mantenga con él diferencias irreconciliables. Lo digo por experiencia personal.

Las cosas que sucede en un plantel para que un técnico tenga que marcharse son otras. Desde la vidriera solo se ve la última foto, pero a veces los procesos se van gastando a través de diferentes etapas hasta que se queman. Esa imagen final de un equipo abatido, entregado y con la mirada baja puede ser muy patética, pero es apenas la última. Seguro que hubo antes otros muchos capítulos en los que se iba produciendo la erosión del clima positivo necesario para jugar bien. ¿Quién puede asegurar entonces que el mal desempeño de un jugador está relacionado con soltarle la mano a un técnico y no con esas etapas anteriores? Correr también es un estado de ánimo, la confianza se va perdiendo y eso daña el espíritu del futbolista.

No existen dos directores técnicos iguales. Los hay que saben más de táctica, los que generan respeto y admiración por su jerarquía y su conocimiento del juego, los que por una cuestión generacional o de empatía logran el compromiso de su plantel estableciendo relaciones de complicidad. Y desde ya, están los que se conducen de un modo que no coincide con el que un plantel necesita.

En líneas generales podríamos decir que existe un estándar. Si el técnico es ingrato con los jugadores, si los expone o los traiciona, si toma una vía alternativa en relación a la prensa o si los jugadores notan que se comporta de un modo poco coherente (o su cercanía a los dirigentes es excesiva), las relaciones correrán serio peligro de deterioro.

Por otro lado, también hay que ponerse en la piel de un entrenador en un fútbol como el argentino, tan histérico, tan inestable, con tanta presión social y mediática. Si todo técnico vive en un equilibrio muy delicado, acá tiene que soportar a la vez la tensión de estar permanentemente bajo examen y la incertidumbre de no saber cuánto va a durar. Es muy difícil convivir con el escepticismo, el plazo corto y la sensación de que en cualquier momento te van a echar, al mismo tiempo que se intenta lograr que un equipo juegue con las ideas claras.

El combo es muy explosivo. Ante la derrota asoman rápidamente la desorientación, la angustia, el temor. Y esa sensación de fragilidad muchas veces tiene consecuencias en el armado del equipo. La desesperación ante un posible cese reduce y casi anula la tolerancia con los jugadores y puede llevar a tomar decisiones futbolísticas que afecten la estabilidad del plantel.

Se entra así en un círculo vicioso. El jugador toma conciencia de lo que pasa a su alrededor y en muchos casos se aferra a lo fácil: jugar para cumplir las obligaciones que exige el técnico, casi siempre referidas al esfuerzo y la disciplina antes que a la parte creativa, igual de necesaria para ganar un partido. El resultado es que el equipo comienza a tensarse, a perder vuelo, y se produce el efecto contrario al perseguido.

También, claro, hay casos en los que se prueba todo y las cosas no se dan, sin más. Cuando la frustración empieza a ser una constante, no se encuentran respuestas ni se produce la reacción, los errores son recurrentes y el clima externo se torna insoportable, lo mejor es descomprimir y pasar página, y aun así puede ser que no haya soluciones.

Todos deberíamos aceptar que en la Superliga la jerarquía es escasa, hay demasiados planteles mal conformados y tampoco se puede hacer milagros. No admitirlo es otra de las razones que lleva a esa cifra de despidos de entrenadores que llama tanto la atención. Aunque no debería…

Fuente de la noticia (La Nacion)

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