Jamiroquai en Argentina: una velada vibrante de éxitos, puro groove y elegante sofisticación

Anoche, el colectivo Jamiroquai retornó a los escenarios argentinos, casi una década después de su visita anterior, presentando un espectáculo en el Hipódromo de San Isidro bajo la producción de DF Entertainment. En el contexto de su gira latinoamericana, el grupo interpretó un repertorio que abarcó más de treinta años de trayectoria.
Diversas generaciones se congregaron para acoger a el vocalista Jay Kay y su compañía, con el objetivo de vivir esa combinación cálida e irresistible de funk, disco, soul y acid jazz que consolidó a el grupo Jamiroquai como una de las formaciones británicas más singulares de las últimas décadas.
El reencuentro intergeneracional y la atmósfera de una velada sin restricciones
El recinto de San Isidro se transformó en un punto neurálgico de convergencia cultural. Desde la tarde temprana, la oleada de seguidores manifestó un fenómeno que trasciende el paso del tiempo: gorras excéntricas, atuendos de inspiración noventera y referencias visuales al imaginario del grupo tiñeron la noche con una mezcla de nostalgia y efervescencia.
Los primeros acordes de “(Don’t) Give Hate a Chance” alteraron la atmósfera del Hipódromo. El bajo magistral de Paul Turner tomó la iniciativa, el vocalista Jay Kay inyectó su energía vibrante y la luminosidad festiva propia de Jamiroquai completó la ecuación. En cuestión de minutos, todo el recinto se convirtió en una inmensa pista de baile al aire libre.
Sin pausa, la explosiva corriente pop de “Little L” mantuvo el pulso en su punto máximo, provocando las primeras ovaciones masivas. Seguidamente, la calidez melódica de “Seven Days in Sunny June” dio paso a la entrada triunfal de “Space Cowboy”, uno de esos clásicos cuya línea de bajo revela de inmediato la firma de Jamiroquai. Con Jay Kay surcando el escenario y una formación que incluía a Rob Harris (guitarra), Derrick McKenzie (batería), Matt Johnson (piano), Sarah De Santis (teclados), Fabio De Oliveira (percusión) y Valerie Etienne, Hazel Fernández y Romina Johnson (coros), el repertorio siguió sin caer en la nostalgia ni la solemnidad.
El primer bloque de la velada alcanzó uno de sus picos de mayor densidad cuando resonaron los acordes de “Light Years”. Esta pieza desplegó la capa psicodélica e hipnótica de acid jazz que caracterizó los inicios del grupo, sumergiendo al público en un trance colectivo donde el ritmo bailable se fusionó con la sofisticación instrumental.
“Alright” continuó el recorrido festivo, haciendo cantar al unísono a las miles de almas presentes, antes de que el presente se impusiera entre los clásicos. En ese momento clave del espectáculo, “Disco Stays the Same” presentó la propuesta más reciente de la banda. La canción, adelanto de su esperado noveno álbum de estudio, encontró su lugar entre los clásicos sin romper el pulso de una noche construida alrededor del movimiento. La respuesta del público fue entusiasta y receptiva, confirmando que la vena creativa del conjunto mantiene intacto su olfato para la pista de baile.
El clímax rítmico: una sucesión imbatible de clásicos
Si la apertura había dejado claro que la noche estaría regida por el groove, la segunda mitad transformó esa promesa en una cadena ininterrumpida de himnos. “Travelling Without Moving” dio paso a “Canned Heat” y “Cosmic Girl”, dos pilares del catálogo disco global que desataron una explosión de júbilo indiscutible sobre el césped del Hipódromo.
Posteriormente, las vibraciones luminosas de “Love Foolosophy” condujeron al Hipódromo a ese territorio donde un concierto de Jamiroquai se asemeja cada vez más a una fiesta masiva. La complicidad entre Jay Kay y la audiencia se volvió total: el cantante dialogó con las primeras filas, jugó con sus movimientos característicos y guió a la multitud en un coro unísono que resonó en los límites del recinto.
El cierre contó con una protagonista inevitable. “Virtual Insanity” celebra sus 30 años en 2026 y, sin embargo, pocas composiciones podían resultar más apropiadas para despedir la velada. Esa mirada inquieta sobre un futuro atravesado por la tecnología conserva su potencia, al igual que aquello que convirtió a Jamiroquai en un fenómeno global: la capacidad de hacer bailar al público mientras invita a contemplar el mundo con una nueva perspectiva.
Cuando la audiencia aún aplaudía el final del set principal, el grupo regresó al escenario para ofrecer un encore de violencia rítmica inapelable: “Deeper Underground”. Con su icónico riff distorsionado, matices roqueros y una base de bajo y batería verdaderamente demoledora, la joya de la banda sonora de Godzilla cerró la jornada en el punto más alto de tensión y energía.
Fuente: Ambito.com





