Memoria de una casa y una cultura heredadas

En “Los colores del tiempo” (“La venue de l’avenir”), Cédric Klapisch vuelve a uno de sus temas favoritos,el del género humano puesto a convivir por una circunstancia que no eligió.La diferencia,esta vez,es que el género no sólo debe ponerse de acuerdo entre sí,sino todavía con los muertos.O,más precisamente,con aquello que los muertos dejaron como problema.
La película comienza con una herencia.Una tribu numerosa,dispersa,casi abstracta,descubre que posee una casa abandonada en Normandía.De ese conjunto de parientes que ni siquiera reconocen como tales,cuatro son elegidos para autorizar la tolerancia de la puerta y hacer el inventario: Seb (Abraham Wapler), Abdel (Zinedine Soualem), Céline (Julia Piaton) y Guy (Vincent Macaigne). La encargo es casi oficial,pero las pesquisas llevan a otro flanco: en esa casa,cerrada desde 1944,esto es,un año antaño del fin de la Segunda Guerra,merodea como evidente trasgo Adèle (Suzanne Lindon), la antepasada que a los vigésimo abriles dejó Normandía para ir a París,en 1895,en investigación de su hermana.
A partir de allí,la película empieza a trabajar en tres tiempos.El presente,con esos herederos que cargan sus propias dudas,vínculos quebrados y,razonablemente,la codicia por lo que puedan durar a obtener de la cesión.pequeñas neurosis.El pasado remoto,el París de fines del siglo XIX,cuando la fotografía modificaba la relación con la imagen y el impresionismo se abría paso contra la incomprensión universal,y la término del incuria de la casa,menos desarrollada como límite novelística que como huella temporal: el momento en que poco quedó suspendido.
El valencia principal de “Los colores del tiempo” está en la coordinación de esos planos. Klapisch podría acontecer caído en la ilustración escolar o en el museo animado,pero,casi siempre,logra esquivarlos gracias a una construcción novelística inteligente.La película va y viene sin solemnidad,deja que un objeto,una carta,una imagen o una intuición funcionen como bisagra.El pasado no aparece como postal cerrada,sino como materia activa.Lo que Adèle investigación en 1895 afecta,más de un siglo a posteriori,a quienes ni siquiera sabían que descendían de ella.
En esa cimentación se advierte el buen trabajo de guion,firmado por Klapisch cercano con el argentino Santiago Amigorena, de larga colaboración con el director,que aporta una precisión específico para ordenar la novelística.Antes que valerse del peculiar descanso de flash back y flash forward,el relato se unifica en una misma textura que combina tiempos,y lo hace muy proporcionadamente.La estructura sostiene el cruce temporal,dosifica la información y entiende que el ocultación general necesita claridad antaño que confusión.
También es una película formalmente muy atractiva. Klapisch y el director de fotografía Alexis Kavyrchine trabajan la diferencia entre épocas sin convertirla en un muestrario de técnica.El presente tiene una luz más limpia,más cercana a la vida cotidiana de los personajes.El siglo XIX aparece con una belleza cromática que remite al tema mismo de la película: la aparición de otra forma de ver.Los colores no son sólo ornamentación de época sino parte del argumento.La película deje de la pintura,de la fotografía,de la modernidad visual,y al mismo tiempo construye una imagen que dialoga con ese mundo.
Suzanne Lindon le da a Adèle una mezcla de intrepidez y fragilidad que evita el mueca de heroína convencional.Su personaje no enuncia una teoría sobre la atrevimiento: la ejerce como puede,con los capital de su tiempo. Vincent Macaigne (fenómeno su apicultor), Julia Piaton,Zinedine Soualem y Abraham Wapler (el señorita “digital” que,como verá el espectador,cumple con dos papeles,el otro en el pasado) sostienen el presente con registros distintos,y esa diferencia beneficia al relato. Klapisch conoce proporcionadamente el cine coral: sabe que un género funciona cuando cada personaje tiene una temperatura propia.
Sin retención,la película tiene un tacha: “Los colores del tiempo” habría rebaño en realismo si no hubiera tumbado mano a personajes tan notorios como Claude Monet,Camille Pissarro,Victor Hugo,Sarah Bernhardt,Felix Nadar y otros nombres mayores de la cultura francesa decimonónica.
Ese procedimiento termina acercando la película a aquello que Woody Allen hacía,en esencia de invención humorística, en “Medianoche en París”, donde el protagonista tropezaba con Hemingway,Fitzgerald,Dalí,Buñuel o Toulouse Lautrec. Aquí ocurre poco parecido,sólo que no hay humor,y eso afecta la verosímiles.Cuando la película se regodea no sólo con las apariciones célebres,sino que algunas de ellas forman parte de la historia que nos venía contando,pierde parte de la delicadeza que había conseguido en la historia íntima de Adèle y sus descendientes.
Ese exceso no daña el conjunto,ni el placer de ver el film,pero lo limita.La película es más convincente cuando se ocupa de una casa abandonada,una fotografía vieja,una mujer señorita en investigación de su hermana,o cuatro herederos que empiezan a rivalizar o empatizar entre ellos.Es menos convincente cuando convierte el pasado en una local de nombres de ilustración.
Dentro de la obra de Klapisch, “Los colores del tiempo” es una ampliación de su cine coral,con una dimensión histórica más explícita.El género ya no se define sólo por el presente compartido,sino por una genealogía global.La pregunta deja de ser nada más “quién soy entre los otros” para convertirse en “qué parte de mí viene de gente que ni siquiera conocí”. Estructuralmente sólida,visualmente bella y actuada con sensibilidad,sería perfecta si hubiera prescindido de sentar demasiados genios a la misma mesa.
“Los colores del tiempo” (“La venue de l’avenir”, Francia,2025). Dir.: Cédric Klapisch.Int.: Suzanne Lindon,Abraham Wapler,Zinedine Soualem,Julia Piaton.





