Gallardo, el Muñeco, Napoleón: tres maneras de llamar a un campeón
Todos en River se sienten más seguros con Marcelo Gallardo. Sus subordinados (jugadores), sus superiores (dirigentes) y su masiva audiencia (hinchas). A él se acude, siempre, en la salud o en la enfermedad del equipo, porque el fútbol no es fuente de bienestar permanente para nadie. Las crisis y la impaciencia son huéspedes que siempre están al acecho. Para conjurar esos peligros está quien en su vida futbolística tiene un doble pasaporte para cada etapa generacional: Muñeco de futbolista, Napoleón de director técnico.
Gallardo sabe ganar, por supuesto, lo demostró sobradamente en los cuatro años y medio de gestión, pero tan o más importante que su manual exitoso es su capacidad reactiva a las dificultades, a las contingencias adversas. No sucumbe a los problemas, no lo doblan los resultados negativos. Son varios los ejemplos que muestran que a una derrota dolorosa, a un objetivo incumplido, le siguió una inmediata reparación, un reacomodamiento para salir del mal trance. El episodio más cercano es la caída frente a Gimnasia por la Copa Argentina. La participación de River en la Copa Libertadores 2019 , una fuente de recursos económicos y prestigio deportivo que marcan el pulso de los clubes grandes, pasó a depender exclusivamente de una victoria sobre Boca en el estadio Santiago Bernabéu. Allí se plantó el River de Gallardo para alcanzar una victoria global.
Funciona como un engranaje perfecto Gallardo entre la dirigencia y su plantel. Las autoridades lo escuchan y se ocupan de la logística que satisfaga sus necesidades; sus jugadores lo interpretan en la cancha con la convicción de quien obedece a un estratega que le dio el mejor plan posible, con la certeza de que a su alrededor hay compañeros tan comprometidos como él. Así se forma a un equipo, a una unidad compacta para procurar controlar algo tan inasible como un partido de fútbol. Son varios los que admiten ser mejores futbolistas tras atender sus consejos e indicaciones. Al jugador adulto le llega con algo nuevo a todo lo que ya haya visto en su carrera; al juvenil que asoma desde las inferiores le muestra el fascinante mundo que le espera si lo asume con responsabilidad y sensatez.
Gallardo es cabeza de grupo, se rodeó de colaboradores en los que puede delegar para seguir sintiéndose importante sin ser insustituible ni imprescindible. Como ocurrió en la final de la Copa Libertadores de 2015, este año, una suspensión lo quitó del banco en los últimos tres partidos. Allí estuvieron Matías Biscay y Hernán Buján, a quienes conoce desde hace más de 20 años, cuando compartían sueños en las categorías menores de River. En partidos decisivos, Biscay actuó con la mesura y el raciocinio que lo acreditan como algo más que un vicario avanzado.
Cuando Gallardo transgredió las normas, fue para intentar salvar a su equipo. Fue al rescate como el padre que antepone el bienestar de su criatura a un perjuicio personal. River estaba quedando eliminado de la Copa Libertadores en Porto Alegre e irrumpió en el vestuario en el descanso del primer tiempo, pese a tenerlo prohibido. Se expuso a una nueva sanción que le impusieron unos días después, pero la corazonada de que no podía dejar a su equipo solo en el momento más crítico del año fue un impulso irrefrenable. Es imposible medir la incidencia de su intervención, pero lo objetivo es que River revirtió lo que era una derrota y se clasificó a la final. A este River siempre se lo entiende y se lo siente a través de Marcelo Gallardo.





