Espectáculos

Carlos Rottemberg presenta su última obra: “Más enriquecedor y menos políticamente correcto”

Carlos Rottemberg presenta, con una honestidad admirable, su tercera obra literaria, “Pasen y Lean” (Losada). Tras “No hay más localidades” (1996, Ediciones de la Flor) y “Vivir entre butacas” (Paidós, 2014), este nuevo volumen surge en diálogo con Carlos Ulanovsky y Hugo Paredero, y se adentra en la perspectiva de quien se autodefine como gestor del teatro comercial.

Periodista: En “Pasen y Lean” ofrece una entretenida memoria del mundo teatral argentino en los últimos 50 años, ¿tuvo mucho que investigar?

Carlos Rottemberg: Cada vez que la investigación se hacía indispensable. Por ejemplo, al decidir relatar la forma en que el espectáculo afrontó la pandemia, busqué antecedentes y descubrí que no existía ningún registro sobre la “gripe española” de hace un siglo. Entonces pensé: dejaré mi testimonio para que, dentro de cien años, quien lo lea conozca nuestras improvisaciones. En mi primer libro, “No hay más localidades”, la falta no era de pensamiento sino de madurez; hay relatos que se hacen a los veinte y otros que solo tienen sentido a los setenta. Por eso “Pasen y Lean” resulta más profundo y menos políticamente correcto. Además de aportar novedades, a veces recupero documentos, como la carta que envié a Tinelli en 2012, en su apogeo, que resulta incómoda. No oculta que busco el éxito; no me identifico con quienes afirman que la cercanía de las fuentes basta sin que el público acuda al teatro. Rechazo la idea de un éxito médico que solo se mide en tomografías; persigo un triunfo familiar, integral. Por eso me alegra cuando José Juan Fernández Reguera, propietario de Losada, la editorial de referencia para grandes obras teatrales, anuncia la tercera edición; indica que mi relato interesa a un público más amplio que los habituales cuatro interlocutores.

P.: ¿Cómo surge definirse como empresario de teatro industrial?

C.R.: Cuando inicié en este rubro, la clasificación tradicional distinguía entre teatro público, independiente y comercial. El público sigue siendo tal, aunque con limitaciones, pues gran parte de su financiación proviene de privados, convirtiéndose en un ámbito esencialmente privado, sin dependencia estatal. Con el tiempo, la categoría de teatro independiente se desdibujó respecto a la visión de Leónidas Barletta en los años 30, y muchas de sus expresiones se transformaron en empresas comerciales. Hace dos años me pregunté por qué nos llamamos “comerciales” cuando producimos obras que no encajan en esa etiqueta. Decidí romper con la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales, argumentando que operamos como “teatro industrial” porque formamos parte de las industrias culturales. Somos quienes sostenemos inmuebles de costos exorbitantes; un local en la avenida Corrientes puede costar cien veces más que un galpón en el Abasto. La diferencia entre una propiedad de 150.000 dólares y otra de 15.000.000 es inmensa, y ambas albergan espectáculos. De ahí la denominación.

P.: Si,como sostiene,el teatro es reflejo de la realidad, ¿cómo se vive la realidad actual?

C.R.: El teatro ha acompañado todas las coyunturas políticas, sociales y culturales; el movimiento “Teatro Abierto” de 1981 es un claro ejemplo. Hoy el discurso se centra en macro y microeconomía, y yo lo traslado al ámbito empresarial. De las más de 200 obras estrenadas en 2025, diez acapararon el 54 % de la recaudación, obteniendo ingresos en dólares “planchados”. El resto, alrededor de 190 producciones, repartió el 46 % restante. Como productor de “La Sirenita” y “Charlie y la fábrica de chocolate” en el Gran Rex, formo parte del grupo que captura el 54 %. Si describo esa parte, el panorama luce brillante; sin embargo, al considerar también el 46 % obtengo una visión totalmente distinta. Ambos sectores son verídicos y revelan la desigualdad, fenómeno que se replica en otros ámbitos de la sociedad. Una vez más, el teatro actúa como espejo de la realidad.

P.: ¿La capacidad del empresario es ver la obra que conecta con lo que está pasando en la sociedad?

C.R.: El 3 de enero de 1986 se estrenó en Mar del Plata “Made in Lanús”, de Nelly Fernández Tiscornia, con Brandoni, Marta Bianchi, Leonor Manso y Patricio Contreras. La pieza provocó el impacto esperado y, pese a la coyuntura nacional, mantuvo su vigencia. Este verano celebramos sus 40 años. Explico que a veces es difícil negar un proyecto; con frecuencia hay que decir “no”, aunque no exista garantía de acierto. No existe una facultad que enseñe esa decisión. Yo concluí la secundaria y, al día siguiente, ya era empresario del espectáculo, sin provenir de una familia del medio. Por eso hablo desde la práctica, desde la “cocina” del sector, acumulando saber a través de la experiencia.

Rottemberg dialogó con Ámbito sobre su trayectoria en el mundo del espectáculo.

P.: ¿La ausencia de ficción en televisión ayuda al teatro?

C.R.: Esa idea me indigna. Los intérpretes que no participan en series televisivas suelen dedicarse al teatro, y se celebra que la audiencia no haya decaído porque los artistas se agrupan, desde Francella hasta Darín, pasando por Osar Martínez, Martín Bossi, Moria Casan y Nico Vázquez. Resulta atractivo, pero es comparable a cargar combustible antes de que suba el precio sin considerar el próximo tanque. Cuando falleció Brandoni, comprendí que habíamos perdido a figuras como él, Alcón, Tato Bores, Pinti, Olmedo, China Zorrilla, Pepe Soriano y el Negro Carella; todos eran referentes y hoy no vemos un relevo generacional suficiente.

P.: ¿El recambio de las estrellas lo daba la tele?

C.R.: En los años 60, la llegada de David Stivel con “Cosa juzgada” permitió que la señora de Lomas de Zamora conociera a Norma Aleandro, Marilina Ross, Emilio Alfaro y al Negro Carella. Más tarde formaron “Gente de Teatro” y, con “El rehén” de Brendan Behan, obra compleja, el escenario se llenó porque los actores eran conocidos de la televisión. He estudiado ese fenómeno durante cincuenta años. Carlos Calvo, que comenzó como figurante en “Eqqus”, pasó a protagonizar “El Rafa” con Alberto de Mendoza y se convirtió en Carlín. China Zorrilla, gran actriz, alcanzó mayor popularidad tras participar en una telenovela de “Migré”.

P.: ¿Cuál es hoy su mayor preocupación?

C.R.: Me inquieta el futuro del teatro industrial dentro de dos décadas. En los años 60, cuando se advertía al propietario de los cines de Lavalle que esa calle desaparecería como polo cinematográfico, la respuesta era una sonrisa. ¿Quién asegura que los inmuebles del teatro industrial—uno por cuadra en Corrientes—podrán mantenerse en veinte años sin la presencia de figuras como Francella, Suar y demás convocantes?

P.: “Pasen y Lean” se podría haber llamado “Pasen y sepan” todo lo que hay delante y detrás de bambalinas…

C.R.: Opté por “Pasen y Lean”, con mayúscula, pues la fórmula habitual del espectáculo sería “Pasen y vean”. Cada letra del libro es mía; he incluido tanto lo que me favorece como lo que no. Revelo mis trucos para mantener satisfechos a los actores y no oculto que la mayoría de los fracasos se sostienen gracias a los éxitos. Es una obra honesta; no pretendo decir que tengo pelo cuando estoy calvo, simplemente no escribo mentiras.

Fuente: Ambito.com

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