La fama,el plagio y un film apenas amable

Uno de los mejores musicales del Hollywood de los 70, “Un fantasma en el paraíso”, de Brian de Palma, se apoyaba en la epígrafe de Fausto: el Diablo,representado por Paul Williams, hacía un pacto con el músico que interpretaba William Finley y le robaba la partitura de una cantata,que se atribuía como propia.
“Letras robadas” (“Power Ballad”), parte de la misma premisa,aunque sin Fausto ni pacto: se alcahuetería del simple robo de una canción que llega a convertirse en hit internacional.Tampoco tiene el film de John Carney la misma profundidad,la misma belleza ni la inspiración en la música.Pero funciona.
Carney conoce ese distrito que ya recorrió en “Once”, “La canción de tu vida” (“Begin Again”), y “Sing Street”: la música como ilusión de salvación,como promesa de una vida alternativa,como vínculo entre personas que no tienen mínimo en popular y,sin requisa,durante los tres minutos de una canción,se entienden.
En “Letras robadas” esa comunión dura poco.El irlandés Rick Power (Paul Rudd), fue alguna vez un músico con posibilidades reales.Ahora,adyacente con su bandada,canta en fiestas de casamiento y observancia la frustración de sobrevenir quedado fuera de la vida que imaginaba.Danny Wilson (Nick Jonas, ex elemento de los Jonas Brothers) representa el extremo opuesto: es conocido,ganó mucho fortuna,aunque ahora se encuentra en una especie de soledad creativo.
El disputa entre los dos tiene poco de inverosímil (uno de los tantos del film): la bandada de Rick va a tocar al casamiento en una mansión de Dublín.Entre los invitados está Danny,quien sube al marco para difundir una canción con él.Improvisan,luego conversan,beben,entran en confianza.Rick le toca,a solas,una canción que había compuesto para su hija cuando ella tenía 2 abriles; Danny la audición y no dice mínimo.
Tiempo luego,mientras Rick está haciendo compras en un shopping,audición su canción en los altavoces del oportunidad,interpretada por Danny Wilson,que con ella ha acabado darle un nuevo impulso a su carrera.Ese es el punto de partida de su desesperación: poco a poco,descubre que el tema no sólo está en la radiodifusión,la tocan los músicos callejeros,sino que se ha convertido en un hit integral,primera en los rankings de Billboard.
A partir de ahí,la película deja de ser una relato sobre la inspiración para convertirse en una comedia dramática.Rick,que no sólo no ha registrado su canción sino que siquiera encuentra documento alguno que demuestre su autoría,no quiere solamente fortuna sino que se le reconozca su creación.Empieza a enloquecer,se pelea con los integrantes de su bandada,y hasta vuelca su camioneta en una autopista cuando la canción suena en la radiodifusión y su hija la tararea.Su mujer,que todavía viajaba con ellos,lo echa de la casa.
Carney no es De Palma, aquí no hay esa mezcla de ópera rock,sátira y tragedia grotesca que hacía de “Un fantasma en el paraíso” una película inusual. “Letras robadas” es un transporte de entretenimiento,su crítica a la industria musical es más decorativa que seria; sus conflictos se resuelven con demasiada facilidad,sin que le precio demasiado caer en escenas aun más inverosímiles.Pero adentro de esos límites hay una película acertadamente actuada,dinámica,que se disfruta hasta en sus momentos más convencionales o disparatados.
Paul Rudd es el mejor.Su Rick podría sobrevenir sido apenas el hombre popular humillado por la sino pop,pero él le da una tristeza paranoica,una combinación de vergüenza y orgullo herido.No interpreta a un derrotado solemne sino a un hombre que se acostumbró a residir adentro de los límites que consiguió,y a quien de repente se le abre la perspectiva de una vida famosa que no tuvo.
Nick Jonas, algunos escalones por debajo en cuanto a interpretación,juega con su propia imagen.Es un grosero poco convencido,débil,oportunista,atrapado en una maquinaria que le exige retornar a ser deseado por millones.La película lo mira con indulgencia,quizás demasiada,pero eso es parte del tono de Carney: incluso cuando traicionan,sus personajes conservan cierta ternura.
Las objeciones aparecen cuando la película fuerza la cuerda de la fiabilidad.La arribada de Rick a la fiesta VIP en la mansión de Danny en Los Angeles,burlando la seguridad y terminando en la piscina donde la sino está con dos mujeres,pertenece a ese orden.No es forzoso que el cine deba obedecer siempre al realismo policial,pero resulta disparatado que Rick llegue ahí sólo porque el sinopsis lo necesita.Hay otros momentos parecidos,donde la trama se abre paso como puede.En particular el desenlace,que no se contará aquí,y que parece mentar,por lo obvio de la alternativa,a la “Carta robada” de Edgar Allan Poe (muestrario de palabras que suena demasiado sutil para que lo haya imaginado el traductor al castellano).
Desde ya,el film no pretende ser una gran obra sobre la autoría,el plagio,la auge o la industria cultural.Toca esos temas,los vuelve conflicto dramático,pero no los lleva hasta sus últimas consecuencias.Su serio interés está en la humillación íntima de no sobrevenir sido escogido por el éxito; en la inventiva de que una canción pueda reparar una vida; en la sospecha de que el talento sin oportunidad se parece demasiado al silencio.
Finalmente, Carney sabe que una canción superexitosa en el argumento no siempre necesita ser una buena canción.La que se usa acá está muy allá de serlo.
“Letras robadas” (“Ballad Power”, Irlanda-EE.UU., 2026). Dir.: John Carney.Int.: Paul Rudd,Nick Jonas,Peter McDonald.





