"Teoría de la dependencia digital", el libro que revela qué hay detrás de las grandes inversiones de las Big Tech

Existe una tendencia establecida en todo el mundo, pero que en la Argentina tiene dos claras muestras. La primera fue el evento atrevido como la “Semana de la Inteligencia Artificial”, en donde disertaron directivos de todas las tecnológicas líderes globales pero con abandono total de investigadores o científicos nacionales. La ulterior fue el anuncio de «Stargate Argentina«, que representaría una inversión de u$s25.000 pero -a seis meses de su anuncio- no se registraron avances. En entreambos casos confluyen tanto la expectativa como el desconocimiento, aunque no la improvisación ni siquiera la excepcionalidad: en “Teoría de la dependencia digital” (Caja Negra, 2026), la economista Cecilia Rikap expone cómo estas conferencias y lanzamientos se volvieron en una obligación en los gobiernos periféricos.
Desde el inicio del libro, Rikap incorpora nuevos nociones para discutir el sentido popular que existe a la Inteligencia Artificial y a la ciencia de datos, tecnologías cuya particularidad es que no se vuelven obsoletas con el tiempo y con el uso, sino que se aprecian y se sofistican. Uno de sus principales debates es sobre el vínculo que existe entre las inversiones de las Big Tech y el explicación efectivo de los países en donde deciden establecerse. La experiencia parece apuntar a que las decenas (porque no suelen ser más) de empleados contratados para los centros de datos finalmente ejecutan microtareas repetitivas y simples, que en el mejor de los casos cobran tres dólares por hora, mientras que el trabajo especializado es ofrecido a distancia por profesionales de otras nacionalidades. Así se estaría consolidando una nueva división internacional de trabajo, donde hay proveedores de datos crudos y contadas compañías, casi exclusivamente de Estados Unidos y China, que monetizan servicios al procesarlos.
Es esta visible nueva revolución industrial, en donde la incorporación de tecnologías de Inteligencia Artificial aún no repercute en crecimiento de la producción por trabajador pero sí en la caída del empleo, en donde los primeros escalafones de los organigramas empresariales se enfrentan a un futuro riesgoso. “Quienes realicen los trabajos peor pagos presentarán hasta 14 veces más posibilidades de tener que cambiar de trabajo que quienes cobren los salarios más altos”, se lee en “Teoría de la dependencia digital”, que se enfoca adicionalmente en el crecimiento histórico de las tecnológicas hasta la conformación de monopolios, con las complicidades o momentos de discernimiento de los gobiernos, en la puja por difundir marcos regulatorios o liberar el tablado para las inversiones.
Sin importar orientación política, ningún gobierno parece estar privado de la tentación de anunciar el desembarco de estas compañías, que tienen un mecanismo particular de hacer negocios: en conjunto con la agencia estadounidense, se establecen como proveedores de sistemas de dirección y operatoria a los Estados, lo que provoca una comprensión inmediata de los datos de sus ciudadanos (como insumo y materia prima) y una futura dependencia a su infraestructura digital, entregado que portar de sistema implicaría iniciar desarrollos autónomos desde cero a peligro de confrontar contra la Casa Blanca y el lobby tecnológico. De esto no se encuentran exentas las empresas: hace error observar un plano de cuántas compañías tecnológicas argentinas de narración operan en nubes privadas de otras empresas para entender el cargo de sujeción. La pregunta se presenta sola: ¿Qué ocurriría con nuestros dispositivos si una gran tech apaga la luz? ¿O si deciden poner en nuestra contra lo que saben de nosotros?
Mock up de «Stargate Argentina», la presunta central de datos que construiría OpenIA en la Argentina.
El impacto energético, que es gastado como una nimiedad cuando se lo sube a la mesa de discusiones como argumento para evaluar -y eventualmente discutir- una potencial inversión millonaria, es un delegado que se subraya al considerar que estas compañías consumieron en cuatro abriles lo mismo que diez Argentinas. La demanda energética que precisan para continuar con sus desarrollos involucran el nodo del flagrante tablado geopolítico. ”La conocimiento de centro-periferia se reconfigura y la histórica potencia de Europa se convierte en periferia digital”, explica Cecilia Rikap, en conversación con Ámbito, antaño de presentar el libro el 7 de abril a las 18 horas en Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.
Periodista (P.): Hay poco presente en todo el libro que es que, sin importar si es Milei, Boric o Lula, hay una tentación de todos los gobiernos de anunciar un polo de inversión de Inteligencia Artificial en sus países. ¿Cuál es su hipótesis de por qué se genera esta tentación?
Cecilia Rikap (C.R.): Sin importar en última instancia el tinte político, hay una suerte de obnubilación en dirección a la inteligencia fabricado y en dirección a las tecnologías digitales, donde quizás el ambiente más importante sea la ceguera asociada a que la tecnología va a difundir crecimiento crematístico, un aumento de productividad y que eso es una suerte de precondición para poder pensar en el explicación en los países periféricos. En esta trayecto causal se omite que no toda la tecnología resulta en crecimiento crematístico y que no todo el crecimiento crematístico contribuye al explicación.
Entonces te llega una empresa que vos sabés que es una empresa muy poderosa, al que como gobierno tenés unas capacidades muy limitadas de regularla, pero al mismo tiempo te dice que te elige a vos para hacer una inversión billonaria. No te lo querés perder y no querés que esa inversión se vaya al país de al costado, porque hay una civilización en el capitalismo cada vez más arraigada de competencia entre gobiernos y coalición solidaria entre empresas. Entonces, los gobiernos en parte creen el discurso ideológico que les dice que esas tecnologías van a traer crecimiento y, por otro costado, hay una dimensión estructural de dependencia donde necesitás que te entren dólares.
P.: Hay una confluencia que muestra en el libro que es que existe un sentido popular, que ve como positiva la acogida de sistemas de Inteligencia Artificial para los Estados, pero una vez que ya los incorporaste quedás atrapado en ellos porque si salís tenés que rediseñar tu sistema. Más allá de lo que pasa en los países periféricos, ¿esto además afecta a los países que son potencias digitales?
C.R.: Claramente. Es interesante pensar cómo se reconfigura la conocimiento de centro-periferia, pero incluso los gobiernos de Estados Unidos y de China mantienen una relación de coalición de gobierno y de diplomacia con estas empresas; como si las grandes tecnológicas fueran otros Estados donde te sentás a negocia porque dependés de ellas, pero ellas además dependen de vos. Estos gobiernos dependen de las tecnologías digitales no sólo para cosas básicas de su operatoria cotidiana sino enormemente para su dispositivo marcial. La cantidad y los montos de los acuerdos con Microsoft, Amazon y Google y el Pentágono van creciendo con el tiempo, pero sigue siendo un vuelto para esas empresas, y eso significa que no te vas a subordinar a lo que te pide el gobierno de turno por ese convenio.
Hoy un gobierno como el de Donald Trump no puede presidir sin las gigantes tecnológicas, pero las gigantes tecnológicas además aprovechan la existencia del gobierno de Donald Trump para que sea Trump el que les diga sin miramientos a los gobiernos del resto del mundo: ni se te ocurra regular a mis empresas, no les cobres un impuesto. Si avanzás a cobrar impuestos digitales o a introducir cualquier tipo de regulación en contra de las tecnologías digitales, van a replicar con peores medidas en materia tarifaria en los acuerdos de comercio. Entonces les sirve, si querés, de fuerza de choque para que posteriormente pueda entrar una Microsoft, Amazon o Google. Si vos me preguntás cómo se inclina la báscula en última instancia, te diría que se viene inclinando a crédito de las empresas pero que Trump lo está intentando equilibrar un poco a su crédito.
Cecilia Rikap presentará su libro en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA el 7 de abril.
P: Como lo está presentando es una batalla que los Estados van a terminar perdiendo, porque van a desplegar puertas a las compañías como si fueran representantes diplomáticos y, una vez que ya entraron, no van a precisar más del sello de los Estados Unidos.
C.R.: Es interesante eso, ciertamente por los movimientos complejos en lo que el resto de los gobiernos del mundo se subordinan pero al mismo tiempo quieren avanzar en hacer poco por su soberanía. Eso hace que el gobierno de Estados Unidos pueda seguir teniendo un rol -en sentido estricto- en materia de diplomacia, y de presión directamente abierta contra otros gobiernos que facilite la tarea de las gigantes tecnológicas de Estados Unidos.
A mí me parece que no podemos adelantarnos tan rápido a opinar que va a venir un momento en que no necesitan al gobierno de Estados Unidos, porque sería ya hacerse cargo que los intentos de los gobiernos, sobre todo progresistas y periféricos, fracasaron completamente. Y me parece que aunque las cartas no están a su crédito puede acontecer un batacazo con una puesta colectiva de una transformación estructural de las reglas de conjunto. Sin que eso implique desmantelar por completo a estas empresas.
Mercado de Inteligencia Artificial: las posibilidades de la Argentina
P.: Como posible alternativa, ¿son los Estados, incluso de los países periféricos, capaces de desarrollar tecnologías de procesamiento y sistemas de datos como posible alternativa?
C.R.: Yo creo que sí, pero no de modo individual. Y cuando decimos que la posibilidad tiene que venir desde el Estado, en ingenuidad yo lo ampliaría y diría que la posibilidad tiene que ser pública. El Estado tiene que ser parte, tiene que alterar, tiene que crear los estamentos legales y tiene que contribuir a que se instalen instituciones desde las cuales se pueda presidir la producción tecnológica en beneficio de las mayorías. Eso no significa ni que no haya emplazamiento para los privados, ni que el gobierno de turno va a ser el que decida o va a tener golpe a los datos; sino que es imaginar otro tipo de instituciones que necesariamente tienen que ser públicas, que puedan identificar constantemente dónde están los nudos del ecosistema o de la condena de valía, que es donde se concentra poder.
Sobre infraestructura y modelos fundacionales públicos pueden funcionar mercados. Podés tener un mercado de distintas empresas que ofrecen software de ciberseguridad, porque se van a traicionar en tu cúmulo verdaderamente pública. Hay que producirla y la posibilidad es factible, pero es identificar a dónde necesitas acervo públicos y a dónde puede funcionar el mercado. Para que eso funcione necesitás que el direccionamiento del ecosistema no quede en manos de una empresa privada, sin importar la cuna, porque inevitablemente quién decida en dirección a dónde va la ciencia y la tecnología va a tener mucho poder. Entonces tenés que encontrar una forma democrática de mandar esas decisiones.
P.: Se suele dialogar de que los países periféricos tenemos incluso hasta una superioridad en nuestro subdesarrollo de poder advertir los movimientos de los países potencias. ¿Cómo ves las oportunidades de la Argentina para este sistema de acogida manifiesto? ¿Es posible difundir infraestructura propia considerando que ya hay distritos que adoptaron lo de compañías extranjeras?
C.R.: En militar, yo creo que nunca es demasiado tarde. Aún los contratos pueden venir a su fin o se pueden cambiar las condiciones de esos contratos. Obviamente que eso no significa que vaya a ser practicable, pero es posible identificar áreas que todavía no estén completamente cerradas a la producción de una alternativa por estar abroquelados en el interior del convenio con estas empresas, Al mismo tiempo, pienso que la Argentina tiene todavía en científicos e investigadores con capacidades en convertirse en ingenieros o cientistas de datos a nivel frontera de Inteligencia Artificial. Están en el CONICET. Milei se equivoca si piensan que los desarrolladores de software se pueden convertir automáticamente en esto.
Argentina tiene las capacidades y si las hermana con las capacidades similares de Uruguay, de Chile, de Brasil, se multiplican. Porque el mismo maniquí y el mismo tipo de tecnología que pueden utilizar, por ejemplo, las escuelas, en la ciudad de Buenos Aires o en Mendoza, lo pueden usar en Fortaleza, Río de Janeiro o Brasilia. No hay una competencia ahí, son las mismas líneas de código. Si se produce colectivamente, se aprovecha mucho más la existencia de fortuna y se vuelve más asequible y más factible. La materia mediocre está, el problema es que no sólo se desfinancia a la ciencia y tecnología pública, sino que además se incentiva a causar startup para insertarse en el interior de los circuitos de estas empresas y a producir conocimiento directo para ellas.
P.: Los intentos para pelear una ley de Inteligencia Artificial en el Congreso se fueron trabando. ¿Qué tesina es posible para la Argentina?
C.R.: Te diría que hay poco en militar, que no solo pasa en la Argentina sino que en el mismo período ocurrió en Chile y en la Comisión Europea, que existen fuertes presiones de las grandes tecnológicas para trabar una ley de regulación de la inteligencia fabricado. Más que nunca, me parece muy difícil intentar una regulación de este estilo a nivel país individual, por las presiones directas del gobierno de Estados Unidos y las presiones de las empresas. Eso termina resultando en que los intentos de ley empiezan a diluirse y todos los proyectos de regulación se quedan cortos en ir al meollo de la cuestión, que es quién produce la Inteligencia Artificial, cómo la produce, qué decisiones toma a la hora de producirla y qué datos elige y puede nominar para entrenar un maniquí de inteligencia fabricado.
Hoy estamos tan en desventaja que ni siquiera se puede avanzar en leyes lo suficientemente comprensivas para regular el uso de la inteligencia fabricado. Lo que me parece es que se debería avanzar a regulaciones de la inteligencia fabricado por industria, profundizando exactamente cuándo y cómo se los puede utilizar. Eso permitiría además tener una negociación mucho más al detalle de cómo se utilizan estas tecnologías para controlar y reemplazar trabajadores.





