La ciencia forense que devuelve nombres a los desaparecidos

El 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe de Estado con el que se inició la última dictadura cívico militar en Argentina. Aquel martes de 1976, una junta militar integrada por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti derrocó al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, dando inicio a un régimen que se extendió hasta 1983 y que sistematizó la represión ilegal como política de Estado y cuyo consecuencia más dolorosa son los 30.000 desaparecidos. Córdoba, bastión del sindicalismo combativo y de la resistencia estudiantil, fue una de las provincias más castigadas. Allí funcionaron decenas de centros clandestinos de detención, siendo «La Perla» el más grande del interior del país.
Mientras el país se prepara para conmemorar medio siglo de aquel 24 de marzo de 1976, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) acaba de lograr uno de sus hallazgos más significativos: la identificación de 12 personas desaparecidas cuyos restos fueron encontrados en ese mismo centro clandestino. La noticia llega como una demostración contundente de que, pese al paso del tiempo y a los intentos de ocultamiento, la ciencia forense sigue desentrañando la verdad sobre el terrorismo de Estado.
«La identificación de personas en predios militares es una imagen concreta e irrebatible, una verdad objetiva, es la huella, el correlato material de lo que sucedió y es imposible de rebatir», señaló a Ámbito la antropóloga Mariella Fumagalli, Directora Programática para Argentina del EAAF.
De las aulas de Antropología a las fosas clandestinas
Fumagalli llegó al EAAF en 2002, cuando cursaba la carrera de Antropología en la Universidad de Buenos Aires. «Me enteré por una compañera, a través de una materia que compartíamos. Ahí supe que había antropólogos que buscaban personas desaparecidas», recuerda. Junto a otros tres compañeros -«éramos cuatro, había otras dos chicas pero no nos conocíamos»- decidieron tocar la puerta de la organización. Darío Olmo -miembro fundador del equipo- los recibió y les dio una cita. «Le explicamos que no sabíamos nada y que solo queríamos colaborar, teníamos 20 años».
Lo primero fue leer sobre qué hacer para acercarse a los restos óseos. «Ninguna sabía nada», reconoce. Pero a cada paso, Fumagalli reafirmaba que era lo que quería para su vida: «Podíamos reconstruir la vida de una persona por las huellas que el terrorismo de Estado fue dejando. Tiramos de hilos que supusieron que eran invisibles».
Los primeros años: de los testimonios a los restos de La Plata
En los dos primeros años en el EAAF, Fumagalli se dedicó a entrevistar a familiares y relevar testimonios de personas que sufrían por la desaparición de sus seres queridos. «Fue revelador», recuerda. Era el trabajo de campo previo, escuchar para construir hipótesis, para entender la dimensión humana de la tragedia antes de enfrentarse a la materialidad de los huesos.
El primer caso formal llegó con la recuperación de una serie de restos óseos en la Asesoría Pericial de La Plata. En 1984, previo a los juicios a las Juntas Militares, se habían elevado pedidos para investigar en los cementerios de Buenos Aires porque durante la dictadura ingresaron numerosos restos NN. Se hicieron exhumaciones «pero fueron torpes», sin clasificar y sin cuidados, por lo que fue imposible identificar a víctimas. En 2002 esos restos se reinhumaron y en otros casos fueron al depósito de La Plata.
De allí, el EAAF recuperó bolsas con restos mezclados. Había que armar individuos, buscar similitudes, conformar cuerpos para corroborar genéticamente después. «Ya se hacían los estudios pero eran lentos y costoso», recuerda Fumagalli. Desde 2007, con el desarrollo del Laboratorio de Genética Forense propio se pudo comparar con toda la información del Banco de Datos, lo que revolucionó la velocidad y precisión de las identificaciones.
«De recibir bolsas con restos a dar con alguna identidad, es muy shockeante. Es la historia ante tus ojos», describe Fumagalli sobre esa transformación. Es encontrarse con una familia, con verdad, sanar una herida que permite cerrar con un duelo trunco de décadas. «Es la prueba material de un crimen de lesa humanidad», reflexionó.
La Perla: el infierno cordobés
Para comprender la magnitud del hallazgo en La Perla, es necesario remontarse a los primeros meses de la dictadura. El centro clandestino comenzó a funcionar poco después del golpe de Estado, bajo la órbita del Tercer Cuerpo del Ejército, comandado entonces por el general Luciano Benjamín Menéndez, uno de los represores más brutales, condenado en varios juicios posteriores por delitos de lesa humanidad. Ubicado en un predio de más de 14.000 hectáreas en La Calera, a pocos kilómetros de la ciudad de Córdoba, «La Perla» operó principalmente entre 1976 y 1978, aunque hubo detenidos hasta 1980.
Las cifras hablan por sí solas: entre 2.200 y 2.500 personas pasaron por allí, de las cuales la gran mayoría permanece desaparecida. Sobrevivieron apenas unos 200, se calculó. El centro fue escenario de torturas sistemáticas, ejecuciones y enterramientos clandestinos. Muchos de los secuestrados fueron trasladados desde otros puntos de detención de Córdoba, como el Departamento de Informaciones (D2) de la Policía provincial.
La historia de esta mazmorra del dolor no se agota en los años de la dictadura. En 1979, ante la inminente visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los militares llevaron adelante una operación de remoción de los cadáveres para ocultar las evidencias. Un descargo administrativo del teniente coronel Guillermo Bruno Laborda, revelado en 2004, documentó fusilamientos y la remoción de cuerpos en los primeros meses de ese año. «Buscaron consolidar el ocultamiento ante el temor que les generaba la visita de la CIDH», explicó en una entrevista el abogado Ramiro Fresneda, que representa a querellantes en la causa.
Durante una conferencia de prensa el Juzgado Federal N°3 de Córdoba dio a conocer los nombres de las personas desaparecidas halladas en La Perla e identificadas genéticamente el laboratorio del @EAAFoficial. pic.twitter.com/N14Zh0TrSZ
Una aguja en un pajar de 10.000 hectáreas
El reciente hallazgo es el avance más importante en ese predio. «Sabíamos que esos restos estaban pero había que encontrarlos. Había testimonios pero eran más de 10.000 hectáreas, era buscar una aguja en un pajar», describió Fumagalli. El trabajo en La Perla comenzó en 2023 y continuó durante 2024 en la zona conocida como «Loma del Torito». El equipo coordinado por Fumagalli y Silvana Turner gestionó toda la campaña. «Esto no terminó en Loma de Torito. Se avanzó en cinco hectáreas y quedan otras tres. Queda trabajo para todo este año», anticipó.
La metodología de Silvana Turner: ciencia, tecnología y paciencia forense
La antropóloga Silvana Turner, integrante del EAAF, explicó en detalle el arduo proceso de investigación que permitió dar con los 12 cuerpos identificados. La magnitud del terreno representó uno de los principales desafíos. «El lugar mide aproximadamente 14.000 hectáreas y venimos trabajando en fosas comunes e individuales en este predio a partir del testimonio de sobrevivientes y de información documental», remarcó. La estrategia metodológica combinó múltiples fuentes: análisis de testimonios, imágenes satelitales, tecnología LiDAR (Light Detection and Ranging, sistema de detección mediante pulsos de luz láser) y el estudio comparado de fotografías aéreas históricas.
El avance decisivo fue posible gracias a la incorporación de registros aerofotográficos de 1979, aportados por Catastro de la Municipalidad de Córdoba y examinados de manera conjunta con el Equipo de Geología Forense de la Universidad Nacional de Río Cuarto. El cruce sistemático entre estas fuentes documentales y los relatos testimoniales permitió delimitar con mayor precisión las áreas prioritarias de prospección.
Durante 2024 se identificaron 23 rasgos de interés. Si bien no se recuperaron objetos directamente vinculados con el objetivo inicial de la investigación, sí se documentó evidencia de intensa actividad antrópica, es decir, alteraciones del suelo atribuibles a intervenciones humanas. Los análisis posteriores de las imágenes de 1979 reforzaron la hipótesis -sustentada en testimonios- de que se produjeron movimientos de tierra asociados a exhumaciones realizadas con maquinaria antes de la toma de esas fotografías. Según la reconstrucción del equipo, dichas maniobras habrían dejado marcas superficiales persistentes, lo que permitió establecer una secuencia temporal de los hechos.
«Las tareas realizadas el año pasado permitieron delimitar una nueva área de intervención, donde se encontraron restos óseos fragmentados y mezclados, lo que complejiza los procesos de identificación», explicó Turner. «No se trata de fosas con cuerpos completos y articulados, sino de fragmentos que han sido alterados, producto de la remoción de esas fosas», detalló.
El 26 de septiembre de 2024, la Justicia Federal confirmó el hallazgo de restos humanos en el excentro clandestino. Fue la primera vez, a casi cinco décadas de los crímenes, que se registraban evidencias materiales de este tipo en el predio. Los indicios científicos sugieren que los enterramientos originales fueron removidos con maquinaria pesada para ocultar la evidencia. Sin embargo, los rastros pudieron ser detectados mediante técnicas arqueológicas y análisis del suelo.
«Podemos visualizar las alteraciones a partir de nuestras excavaciones. Hay áreas donde se observa movimiento producido por maquinaria y ese relleno se revisa manualmente en una zaranda, identificando fragmentos óseos u otros elementos de interés», indicó Turner. Este procedimiento minucioso permite reconstruir las dinámicas de enterramiento y ocultamiento, fundamentales para la investigación judicial y la reconstrucción histórica.
La genética como herramienta clave
Uno de los aspectos centrales del proceso es el análisis genético. Aun cuando se recuperan fragmentos mínimos, la tecnología actual posibilita obtener perfiles de ADN que luego son cotejados con muestras aportadas por familiares. «La genética permite recuperar ADN incluso de una pieza como un diente y con eso se realiza el cotejo con el Banco de Datos Genéticos», explicó Turner. En este sentido, destacó la importancia de que los familiares de personas desaparecidas continúen acercando sus muestras, ya que esto amplía las posibilidades de identificación. «Hago extensa la convocatoria a los familiares de desaparecidos en cualquier lugar del país a aportar su muestra de sangre, si así lo desean».
Los resultados anunciados corresponden a los primeros cotejos realizados sobre el material recuperado en 2023, mientras que las tareas de campo continuarán durante el presente año. «No se trata de la identificación de cuerpos completos, sino de corroborar que esas víctimas fueron enterradas en ese lugar y prueban el crimen cometido por la dictadura de 1976», precisó Turner.
«Lo sacamos de ese lugar doloroso»: las voces de los familiares
La identificación de los 12 cuerpos no es solo un logro científico y judicial: representa el cierre de una búsqueda que para muchas familias duró casi 50 años. Los testimonios de quienes recibieron la noticia revelan una mezcla compleja de emociones: alivio, tristeza y fuerza para seguir.
Rodolfo Reyes recién había cumplido los siete años cuando la dictadura secuestró a su papá, Oscar Omar Reyes, ingeniero mecánico que trabajaba en Fiat en Córdoba. Durante casi 49 años buscó saber qué había pasado con él. «Esto viene a confirmar lo que tanto buscamos: darle un cierre como familia al saber que papi fue secuestrado, torturado y asesinado por estos tipos. Encontramos lo que tanto habíamos buscado», dijo Rodolfo a los medios. Su padre fue secuestrado el 18 de octubre de 1977 cuando iba a una reunión del Partido Comunista. «La noticia cayó bien, pero es una mezcla de tristeza y alegría que no se puede definir bien».
Gustavo Bustillo tenía 20 años cuando secuestraron a su hermano Ramiro Sergio, de 27, también militante del PC y trabajador de Fiat. Los restos de Ramiro Sergio se encontraron en septiembre de 2024 en el predio cercano a La Perla. «En mi caso he recibido la noticia de manera absolutamente liberadora. Me trae un montón de paz. Es la posibilidad de suturar la cicatriz de manera terminal», expresó. «Es la posibilidad de reabrir el vínculo con mi hermano, mi historia personal, la sociedad y la historia de otra manera -apropiándonos no de una palabra infame que inventan ellos, la palabra desaparecido-. Sergio ahora es un reaparecido, un asesinado, un torturado, un perseguido. Un valiente».
Las mellizas Carranza: una identificación, dos historias
Entre los identificados figura una pieza dental que pertenece a una de las hermanas mellizas Adriana o Cecilia Carranza, de 18 años, secuestradas el 5 de mayo de 1976. Al ser mellizas, comparten el mismo ADN, por lo que no fue posible determinar a cuál de las dos corresponde el resto hallado. Una de ellas fue asesinada; la otra sigue desaparecida.
Las jóvenes se habían mudado desde San Francisco a Córdoba para estudiar en la Universidad Nacional: Cecilia cursaba Ciencias de la Educación y Adriana, Ciencias de la Información. Marcela Sanmartino Carranza, sobrina de las mellizas, recuerda: «Yo siempre digo que soy lo que soy porque ellas fueron lo que fueron. Eran como nuestras ídolas». Tenía 11 años cuando sus tías desaparecieron. «Eran personas con un montón de ganas, a quienes a los 18 años les arrebataron todo. Todo esto destruyó a la familia que éramos».
Cuando se enteraron de la identificación, los tres hermanos sobrevivientes de las mellizas se reunieron en Córdoba. Fue una especie de velorio o despedida por primera vez en 50 años. «Es una reparación. Es un decirnos ‘acá estamos, sigan que esto fue así’. Es una fuerza que no es individual, es la fuerza de los 30.000», remarca Marcela.
La medalla de Graciela: un objeto que cierra el círculo
El trabajo del EAAF no solo recupera restos óseos. Durante las excavaciones apareció una medallita con una Virgen Niña que, al dorso, llevaba la inscripción «Graciela y 3-9-1974». Graciela Geuna, sobreviviente de La Perla que estuvo secuestrada entre 1976 y 1978, reconoció inmediatamente el objeto: sus padres se la habían regalado cuando cumplió 19 años, y pocos días antes de ser secuestrados ella se la había dado a su esposo Jorge Omar Cazorla, asesinado en el trayecto hacia La Perla.
«Gracias a esa medallita sabés que estuvo ahí», le dijo una compañera. Graciela, que vive en Europa pero viaja periódicamente a la Argentina, señaló: «La medallita ayudó a cerrar el círculo. No es Jorge todavía, pero yo no sé si va a haber Jorge. Lo que sí sé es que la medallita volverá a mis manos». Su testimonio interpela sobre la persistencia del silencio: «Los restos estuvieron durante 50 años en terrenos militares del Tercer Cuerpo, donde el ejército hace ejercicios de tiro. Tantos años, tantos cuerpos y nadie se ha dado cuenta. Lo que me sorprende es que 50 años después el pacto de sangre sigue».
El puente hacia la verdad
Los 12 identificados en La Perla son: Ramiro Sergio Bustillo, José Nicolás Brizuela, Raúl Oscar Ceballos Cantón, Adriana María o Cecilia María Carranza (hermanas mellizas de 18 años, secuestradas el 5 de mayo de 1976, cuyo ADN idéntico impide determinar cuál de las dos es), Carlos Alberto D’Ambra, Alejandro Jorge Monjeau, Mario Alberto Nívoli, Elsa Mónica O’Kelly Pardo, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde Suárez y Sergio Julio Tissera. Una familia solicitó mantener en reserva el nombre de su familiar.
El trabajo artesanal del EAAF incluye excavar, zarandear, recuperar restos óseos y procesarlos genéticamente. Mariella Fumagalli destacó que el equipo construye «una línea invisible con las familias, somos un eslabón, un puente que los conecta con esa historia trunca». Un pilar fundamental es el acceso a la verdad: explicar a los familias el trabajo que se puede y no se puede hacer, sabiendo que quedarán «agujeros negros» en la historia.
Una carrera contra el tiempo
A 50 años del golpe, el EAAF enfrenta lo que Fumagalli define como «una carrera contra el tiempo»: el límite biológico de familiares, sobrevivientes, imputados y condenados; las complejidades de las búsquedas y el financiamiento. Aún quedan 804 restos en custodia sin identificar, muchos porque faltan muestras de sangre de familiares o son insuficientes. «En general, frente al impacto de un hecho como en La Perla, con tantas identificaciones, uno siempre piensa en lo que falta, que estamos tres pasos atrás, hay como una mezcla de frustración y de alegría», reconoció a Fumagalli a Ámbito. Sin embargo, los 50 años tienen un peso simbólico que refuerza la necesidad de no bajar los brazos: «La comprobación de que hay que seguir, no entregarnos a la frustración y a las complejidades, asistiéndonos de nuevas tecnologías y de otras disciplinas». «Hay que seguir tirando de esos hilos que la represión creía invisibles, las FFAA dejaron huellas, más allá de la clandestinidad», cerró.
Información útil: Los familiares de personas desaparecidas que quieran aportar muestras de sangre pueden comunicarse al EAAF llamando al 0800 345 3236 o por correo electrónico a [email protected]. También pueden contactar al Juzgado Federal Nº 3 de Córdoba al (0351) 4335772 o por mail a [email protected].





