sábado, 22 de junio de 2024
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  “Mi utopía es una sociedad no capitalista”

 

   Su nombre de pila en euskera significa tormenta. Ekaitz Cancela, 31 años, nacido en Barakaldo, es un escritor y periodista español especializado en nuevas tecnologías y geopolítica. Cuestiona con pasión al capitalismo, la quintaesencia de todos los males que, como se desprende de sus palabras, ponen en riesgo al planeta a paso sostenido. Autor del libro Utopías digitales, un largo ensayo que vino a presentar a la Argentina y a otros países de América Latina, responde las preguntas como si fuera un trueno entre las hojas. Se enciende como en las fogatas de San Juan que describe Roa Bastos en uno de sus cuentos  y levanta su voz contra la actualidad que lo rodea. Pero no se queda ahí. También muestra un espíritu propositivo guiado por ideas originales.

-¿Por qué reivindicás la creatividad como un hecho colectivo y no individual, forjado en el modelo neoliberal y que sublima al sujeto como único hacedor para la transformación del mundo?

– Si nos remitimos a la ideología de Silicon Valley, tenemos la idea de que el CEO nace y vive en un garaje y que gracias a su creatividad consigue cambiar o mejorar el mundo. Lo que trato de argumentar en el libro es que el concepto de libertad de los neoliberales, nos ha dicho que la creatividad siempre es de los individuos, de los artistas y que siempre se tiene que centralizar. Pero lo que yo trato de argumentar es que la creatividad es un acto colectivo. Marx decía que la comuna de París fue el mayor acto de creatividad, de creatividad colectiva.

-El libro remite a utopías como imaginar el fin del capitalismo. Esa es la bajada del título. Pero, ¿qué podrías decirnos sobre las tuyas?

– Muchas veces no nos damos cuenta del potencial que tienen las utopías, que están en la ciencia ficción, en la literatura, en las películas, en las series, que están en el ámbito de la cultura y no vemos el potencial, como decía Lukács, para producir futuros. O como decía Benjamin, el productor de la capacidad humana para escribir su propia historia. Y no lo hacemos o no lo conseguimos hacer porque muchas veces no nos dejan. No podemos escribir nuestra propia historia porque hay una serie de relaciones materiales o una serie de límites o de jerarquías que hacen que la historia la escriban otras personas. Es decir, en este caso la escriben las élites y utilizan algoritmos para que seamos sujetos perfectos como consumidores o productores.

-¿Tu gran utopía es detener a ese capitalismo algorítmico?

– Si tú quieres, mi utopía es una sociedad no capitalista. Creo que Marx era utópico cuando planteaba el comunismo. Y lo hacía solo pensando en la esfera de las necesidades. Y planteaba cómo conseguíamos pescar, labrar la tierra, cazar. Ocuparnos de buena parte de las tareas del hogar cuando hubiéramos terminado, es decir, cuando la esfera de las necesidades estuviera completada y podríamos acceder a la esfera de las libertades que es la esfera de la crítica, la esfera de la cultura. Mi utopía es igual. Una sociedad sin clases, solo que no parte de la esfera de las necesidades, que creo es uno de los grandes errores de los marxistas, sino que parte de una evolución entre ambas esferas y hace que la esfera de las libertades esté intrínsecamente ligada a la de las necesidades y que haya que terminar de trabajar para poder acceder al terreno de lo que nos gusta. Se trata de pensar en una utopía donde podamos mezclar el jugar y el divertirnos, el laburo y el gozo, lo lúdico con lo laboral, la oficina con el parque. Y de esa manera podamos llegar a un concepto de la biopolítica, como diría Foucault socialista, donde ambas dimensiones estén entrelazadas y donde nuestro trabajo sea algo que nos repercuta y nos haga felices y nos dé bienestar.

– ¿Cómo encontraríamos nuevas formas de solucionar la desigualdad en esa utopía?

Yo lo que digo es cómo utilizamos las redes sociales para que en lugar de sacar todo lo peor de nosotros mismos, que son el individualismo, el egocentrismo y el narcisismo, podamos sacar esa creatividad y tener redes sociales que no sean como las actuales. Para mí la única forma que hay, no es solo superar el capitalismo, sino acabar con esas redes sociales que son estadounidenses, están diseñadas y pensadas desde Estados Unidos para que solo nos podamos relacionar con el mundo que nos rodea mediante el mercado. Y lo que digo es que el ser humano no funciona así, nunca ha funcionado así y el hecho de que nos obliguen a hacerlo, genera unos problemas de ansiedad y de malestar con el mundo contemporáneo, que es lo que en último término permite que sujetos como Milei canalicen políticamente ese malestar para agendas autoritarias.

En la introducción de tu libro dice que la tecnología facilita las utopías y su desarrollo. ¿Considerás que es así?

Sí, pero es algo que no sabemos todavía porque hasta ahora no desarrollamos tecnologías que no estén construidas por empresas privadas. Lo que tenemos ahora mismo no es tecnología, es un producto diseñado por cinco empresas tecnológicas. Creo que lo que nos ha demostrado Internet, la capacidad de recopilar una barbaridad de datos de nuestro entorno, permite ver mundos y realidades que estaban alejados o que antes no podíamos ver. Es como si accediéramos a partes del mundo y de nuestra experiencia que no existían. Por poner una metáfora: ¿qué hacían algunos cibernéticos en los años 70, cuando decían que el desarrollo de las tecnologías en manos del pueblo era como un LSD o como una droga, o como cualquiera de las drogas? Pero sin necesidad de sus consecuencias negativas.

– ¿La tecnología estimula la igualdad de oportunidades?

Yo creo que la tecnología es el resultado de la lucha de clases. Muchas veces se pregunta uno si la tecnología es mala, si es neutral o no, si favorece o no la igualdad de oportunidades. Si a todo el mundo le das un teléfono móvil y le mandas al mercado, evidentemente no va a favorecer la igualdad de oportunidades. Los que más tengan van a sacar más partido de ese teléfono móvil o de ese ordenador o de esa tecnología. Pero si tú diseñas una sociedad donde la tecnología sirve para conectarnos unos con otros y ayudarnos, la tecnología, evidentemente, en una sociedad donde las clases y las jerarquías están abolidas, es un mecanismo para garantizar la igualdad de oportunidades, porque da a cada cuál según sus necesidades y recibe de cada cual según sus capacidades. Y la tecnología solo es el espacio donde eso se institucionaliza, donde se garantiza y donde en el código de la tecnología, en las plataformas, en aquello que no vemos, se garantiza ese derecho.

-Vos sostenés que la historia se vació de contenido emancipatorio, como que la palabra emancipación quedó en los manuales de historia. ¿Por qué no amplías la idea?

Esta visión de la historia ha hecho que buena parte de las alternativas emancipadoras carezcan de sentido, porque al parecer hay algo que llena de sentido nuestra vida y es el mercado. Esa idea es falsa. Milei lo dice muy claramente cuando afirma: ‘si tienen hambre, alguien lo solucionará’. Podemos crear instituciones posmodernas donde canalizar todo nuestro deseo, toda nuestra creatividad, todo nuestro ámbito de libertad fuera del mercado y de esta forma pensar otra vez en qué es emancipación. Porque para mí la emancipación es la canalización de las energías colectivas y creativas en torno a un proyecto distinto. Yo creo que el mercado lo que hace es impedir esto. Es como cuando tú abres un teléfono móvil, llegas al interfaz de Instagram y te dispones a emanciparte o a escribir tu vida en base a esa infraestructura. Si pasas a Instagram te va a decir, mira: ‘tú puedes poner fotos sobre ti, preferiblemente cuanto más desnudo mejor’.

-En esta descripción del sistema de dominación global, ¿qué incidencia le atribuís a las redes sociales, a internet, a sus interfaces?

Muchas veces se dice que el poder es un muro, es impersonal o que hay algo que nos afecta a través del mercado. Marx decía que era invisible, que era un fetiche. El poder no es invisible, es bien visible y se produce a través de la acción focalizada y con muchos recursos económicos de los ricos que los ponen en thinks tanks, en fundaciones y en lobbies. ¿Por qué las Big Techs son las que más dinero invierten en lobby en la Unión Europea? ¿Por qué invierten más dinero que la industria militar o la del petróleo en Estados Unidos? Porque necesitan crear centros de pensamiento para imponer una idea que no está en el ser humano. O sea, que seamos seres egoístas, que seamos seres competitivos, que solo miremos por nosotros mismos. Es algo que es antinatural, no está en el ser humano. Nosotros si viéramos el trabajo de los antropólogos, veríamos que en las sociedades recolectoras el ser humano es un ser altruista y colaborativo. Solo a través del gasto ingente de recursos en thinks tanks para hacernos pensar lo contrario, es como se puede legitimar la economía de mercado.

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Fuente: Pagina12

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