jueves, 30 de mayo de 2024

«Metok», lejos del pintoresquismo

 

En el cierre de la trilogía documental iniciada por «Hamdan» y «La familia chechena», la cámara sigue a una monja tibetana lanzada a una difícil misión y compone una suerte de trance cinematográfico. 

Metok – 7 puntos

(Argentina / Italia / Tibet, 2021)

Dirección: Martín Solá.

Guion: Martín Solá y Francisco Márquez.

Duración: 61 minutos.

Estreno exclusivamente en Malba Cine, sábados a las 18 horas. 

No es casual, mucho menos un error, que la ficha técnica de Metok incluya entre sus países coproductores al Tíbet. Más allá de no tratarse de un estado o nación (la amplia y alta meseta tibetana pertenece formalmente a la República de China), su inclusión es toda una declaración de principios. De hecho, la película más reciente del argentino Martín Solá es la tercera parte de una trilogía documental iniciada en 2015 con Hamdan y La familia chechena, ambas filmadas en otras no-naciones con fuerte impronta independentista y conflictos políticos y militares de mayor o menos envergadura: Palestina y Chechenia, respectivamente. 

En Hamdan, Solá construía el relato en primera persona de un líder de la resistencia palestina que había pasado quince años en una prisión israelí, al tiempo que La familia chechena destilaba la esencia de pequeñas pero potentes situaciones cotidianas en un poblado de esa región rusa. Metok, cuyo título no es otra cosa que el nombre de la protagonista, acompaña a una monja tibetana, estudiante de medicina tradicional en un monasterio budista de la India, en un viaje de regreso a su pueblo natal.

Desde su ópera prima Caja cerrada (2008), rodada a bordo de un buque pesquero cerca de las costas españolas, el realizador santafesino ha erigido una obra documental que conjura lo observacional con lo poético, lo íntimo con lo político y lo físicamente concreto con lo sensorial, esquivando tanto el simple registro testimonial como la etnografía cinematográfica al uso. 

Metok no es una excepción a esas reglas formales y temáticas. En el comienzo, un llamado telefónico pone a la joven monja sobre aviso de un hecho geográficamente lejano, un pedido de ayuda: cierta mujer embarazada, habitante del lugar donde nació Metok, está cursando una gestación complicada, y no hay nadie en el lugar que pueda asistir en un parto que se preanuncia difícil. Buena excusa para que la protagonista regrese al terruño, lugar que no visita desde que su madre la envió a estudiar a la India cuando era muy pequeña. El problema es esencialmente de índole legal: ¿cómo cruzar hacia el otro lado, atravesando la montaña, sin pasar por el riguroso control fronterizo?

Hasta ahí una posible descripción sinóptica, ya que no hay mucho más en términos de relato que el derrotero en sí mismo, el reencuentro con los familiares y el parto. Pero el de Solá no es un cine de acciones y reacciones constantes, al menos no en el sentido tradicional que se le adjudica a esos términos, sino de eventos (infinitesimales o mayúsculos) observados con una atención obsesiva al detalle, abriendo asimismo la posibilidad de que las imágenes y sonidos abran otras puertas perceptivas. 

Por caso, el viaje en tren de Metok antes de llegar al límite de la geografía india se transforma en un trip audiovisual de envergadura, una suerte de trance cinematográfico apoyado en la exquisita fotografía digital de Gustavo Schiaffino y el complejo diseño sonoro de Jonathan Darch y Omar Mustafá. Algo similar ocurre al comienzo mismo del film, cuando la cámara, el montaje y la mezcla de audio transforman un simple registro de las campañas del monasterio en una secuencia de tintes casi oníricos.

Pero Solá no cae en las garras del exotismo o, vade retro, el pintoresquismo embellecido para el consumo global. Por el contrario, entre los pliegues de todo aquello que se ve y escucha la reflexión política surge en toda su magnitud sin necesidad de vociferarla. La intensa escena que sigue a Metok y a su guía por el interior de una montaña, la única manera de ingresar al Tíbet sin pasar por la seguridad china, culmina con un plano general desde la altura que presenta la poco glamorosa imagen de una serie de casas bajas y rutas de tierra atravesadas por camiones. Más tarde, el cónclave de mujeres pone de manifiesto que el universo femenino corre en paralelo (¿resiste?) a las decisiones políticas generales tomadas por los hombres a cargo.

Fuente: Pagina12

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